viernes, 2 de mayo de 2014

La Bruja de la Ventana

Una jovencita sentada en el último asiento del colectivo abre una ventana. Una mujer de aspecto agrio la cierra. La jovencita, ubicada detrás de ella, le explica que necesita el aire fresco de la mañana por un malestar indeterminado. La amarga mujer, cuyas arrugas y mal humor delataban el inicio de una vejez exponencial, balbuceó unas palabras nada amables.

Una señora que viajaba de pie solicitó a la quejumbrosa dama, en tono filosamente cordial, que abra la ventana, fallando a favor de la jovencita.

–Es diabética –insistió la señora que viajaba de pie, dejando entrever que reconocía a la pasajera adolescente.

La mujer agria respondió:

–¿Y qué me importa?

Una chica que estudiaba un texto titulado APOLOGÍA DEL CONDUCTIVISMO, ubicada delante de la bruja del vidrio cerrado, deslizó otro cristal más alejado, dejando correr una purísima pero insuficiente brisa de otoño. Tácita gratitud de la diabética con insuficiencia respiratoria combinada. La antagonista de esta historia fingió sueño e indiferencia.


Este pequeño acontecimiento tuvo lugar el día miércoles 30 de abril de 2012, entre las 11:00 y las 11:30 a.m., en el colectivo 136 con destino a Primera Junta de la Empresa Ecotrans, en la gris geografía de Castelar. Registro esta gesta urbana y asevero, de paso, la ingenua hipótesis de que las brujas malvadas todavía existen. La Bruja de la Ventana prueba mis creencias; espero, para mi fortuna o desgracia de narrador, no volver a verla nunca más en mis viajes.

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