sábado, 17 de mayo de 2014

Pesadillas de bolsillo

Los viajes en colectivo son pesadillas de bolsillo. Negras aguafuertes de miedo, encendedores de irrealidad que caben en la palma de la mano. Breves, curiosas y extrañas travesías. La de anoche no ha sido una excepción, y creo mi deber describirla con no pocos detalles.

En Primera Junta, la lluvia nocturna había menguado su ritmo por tiempo indefinido. Mi padre y yo acabábamos de salir del trabajo; después de una semana sabática, él retomaba el pulso de la laboriosidad tras recuperarse parcialmente de una infección en el pie. En la fila de espera, una pareja de seres que excedían el medio siglo de existencia comentaba la irregularidad del transporte público. La mujer tenía los hombros cubiertos por un chal; el hombre, calvo, de bigote blanco, con lentes y perfecto traje gris, contrastaba con la visión desoladora de los civiles urbanos cuyos ojos reventados de horas anhelaban inyectarse sueños.

Vino, por fin, el colectivo. Subimos. Ocupé un asiento junto a una ventana. Procuré inventarme una siesta. Advierto, con horror, que mis tíos políticos aparecen en el mismo vehículo. Ellos no son, precisamente, pasajeros silenciosos.

‘Al cuerno con los sueños’ pensé.

Miré la ventana. En una esquina, había una silla de ruedas cubierta por una sábana rojiza. Se veían dos zapatillas deportivas bajo la tela.

¡Un hombre en silla de ruedas durmiendo a la intemperie!

Divorcio mis pupilas del cristal. A menos de un metro de distancia, un asiento más allá, una chica de cabellos azules acaricia pasionalmente el cuello y los cabellos de otra pasajera.

Mis pensamientos fueron menos lascivos que oníricos. El mundo y el colectivo se me antojaron cambiantes. Las voces de mis tíos políticos articulaban un perfecto diccionario de palabrotas que irritaban a los viajeros restantes, envenenados de cansancio. Parpadeé. Dormitaba a intervalos. Sueño, realidad, pesadilla, realidad.

¿Cuál es la diferencia? De todas maneras, ellos, los demonios de insomnio, los intrusos de linaje, no dejan mis ánimos en paz. Los vidrios se empañan, la chica de cabellos azules frota sus dedos contra la piel caliente de su compañera, la multitud rodante se dilata en feroz ardor, el viaje se despedaza en el tiempo…

Llego a casa. ¿Qué es real y qué no es real, si la suma de todas nuestras experiencias tiene sabor a sueño, a fatalidad y a mentira?

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