domingo, 8 de junio de 2014

La barbarie sobre ruedas

En inusitadas temporadas proliferan las mujeres con criaturas en los brazos. Los pasajeros que viajan sentados en los trenes o los colectivos lidian con la sacra norma de ceder los asientos. Las madres no tienen la culpa; mucho menos los hijos.  Pero cuando tres o cuatro ciudadanas argentinas suben al vehículo con el mismo tipo de carga, uno comienza a sospechas de las casualidades.

El privilegio de otorgar el lugar corresponde a los ocupantes de los primeros asientos: el cartelito acusador que señala perfectamente los lugares destinados a las embarazadas, discapacitados motrices, pasajeros en edad avanzada y madres con niños recién nacidos es uno de los muchos motivos para quedar mal si no separás tus muslos del trono de plástico.

Rememoro un nocturno caso de Primera Junta en el que un hombre que cargaba a su hijita pidió asiento en voz alta. El padre de familia se dirigió a un pasajero calvo, bien trajeado y de aspecto saludable.

–¿Me podés dar el asiento? –dijo, con una voz que oscilaba entre la cordialidad forzada y la severidad.

–No –respondió el otro, con sorprendente firmeza.

El padre de familia arrojó al aire cansado una perorata de improperios entrecortados por el vaivén de la estructura del coche. El hombre calvo se limitó a responder:

–Yo no tengo la culpa.

Otra mujer infortunada ofreció su lugar. El pasajero que cargaba a la criatura, lejos de renunciar a la verborragia, extendió por unos segundos más su repertorio de insultos recortados.

El ejemplo, lo admito, no es el más apropiado. Ésta es la sociedad civilizada que contemplo en la vida cotidiana. Testigo fui de groseras embarazadas con la boca más sucia que la conciencia de un reo, ancianos impertinentes y usurpadores de asientos; he visto efímeros altercados de choferes y combates sobre ruedas. Me bastengo de escribir un libro entero respecto a la incurable condición humana que se manifiesta en las estaciones ferroviarias y en las terminales.


Si usted es extranjero, no se pierda la oportunidad de ver la más infame de las atracciones argentinas. El transporte público: la encarnación moderna de la barbarie sobre ruedas.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario