domingo, 15 de junio de 2014

Mi querida alondra...

Hombre de tez cetrina, boina sombría, ancha nariz y teléfono celular. Recibe una llamada. Atiende.

–¿Hola? ¿Dónde estás?

Desde la primera sílaba es notorio el tono anómalo: limpio y poco porteño. El pasajero de tren arroja frases mutiladas en el aire tétrico del vagón.

–¿En qué parte del Centro te encuentras? Yo me dirijo a Once…

Acento grave. Dijo ‘encuentras’, no ‘encontrás’.

–¡Ves por qué no puedo dejar que salgas sola!

‘Ves’. No ‘viste’.

–Pero… ¡mi querida alondra!

La exclamación me mató.

–¿En qué parte del Centro te encuentras? ¿Dónde? ¿Frente a la Casa de Gobierno?

Mi intención no es burlarme de esta conversación; al contrario, el hombre hablaba con una propiedad y pasividad propias de un buen orador. Admitámoslo: los bichos de ciudad hablamos atropelladamente, casi como bestias.

Hubo una discusión breve. Luego, el viajero apartó el móvil de su oído.

–Que se pierda… –musitó, en el tedioso silencio del tren.

Jamás conoceré el aspecto de la mujer que se perdió en el corazón de la Capital. Al final, ¿qué habrá sucedido en el vuelo de la alondra?

No hay comentarios.:

Publicar un comentario