jueves, 31 de julio de 2014

Ideas

No hay nada peor para un escritor que tener la mente en blanco. Extiendes una mano para crear una historia y nada sucede.

Mi cabeza es una caja de Pandora llena de ideas peligrosas. Si mis cuentos no salen de mis dedos, se retuercen bajo mi piel y me desgarran por dentro.

Las ideas son como fieras. No les gusta estar encerradas en la oscuridad. No les gusta el cautiverio. Tienen sed de libertad. Y cuando un pensamiento se ve a sí mismo atrapado en las sombras de la mente humana, destrozarán los barrotes de la cordura y escaparán de nuestros labios o manos.

Nuestro corazón es una jaula de carne: las ideas viven dentro de nosotros y necesitan salir al mundo exterior. Al abrir las puertas del alma, las ideas vuelan, lejos, hacia otros confines desconocidos… Y se transforman en pequeñas ilusiones realizadas.


De nada sirve pensar si no podemos pensar con libertad. De nada sirve tener ideas si las ideas no salen a la luz. De nada sirven las palabras si los poetas no están dispuestos a dejarlas ser como son: libres.

viernes, 25 de julio de 2014

Yendo a la casa de Samuel

Salí de mi casa a las tres de la tarde y me encontré con calles solitarias. El esplendor del sol no había mitigado el frío desgarrador de la estación. Encogido de hombros, penetré un camino de tierra.

Yendo a la casa de un amigo para resolver unos asuntos, aparecí delante de una iglesia católica rodeada de altos muros. La cruz de la capilla proyectaba una sombra poco cristiana en el horizonte. Delante de este sitio se desdibuja una extensa cancha de fútbol con aires de basural. No muy lejos se alza, ominosa, la torre de agua.

En una esquina de este espacio verde reconozco caras familiares. Una pelota se les escapa de los pies y brinca hacia una zanja inoportuna. En un acto de buena voluntad, me acerco al lugar del hundimiento, aplasto una porción de suelo poco sólido con el pie derecho y me dispongo a alcanzarles el balón.

El demonio de la suerte me propina un resbalón y caigo sentado en el charco de aguas pestilentes. Los testigos de mi insólito accidente reprimieron la risa en un principio. Un niño de amplias dimensiones corporales –no me gusta, ni jamás me ha gustado, escribir la palabra gordo– cayó de espaldas en el césped y comenzó a retorcerse histéricamente. No lo supe en ese momento, pero se estaba riendo de mí.

Yo, por mi parte, estaba atontado. La carcajada ajena no me había intimidado: la caída había sido tan abrupta que demoré un buen rato en comprender que me había mojado las zapatillas. Aunque la escena, en sí, no duró más que unos segundos.

Las zapatillas sumergidas de lleno en la ciénaga suburbana, los pantalones embarrados y mi brazo izquierdo tan fangoso como una extensión de pantano. Le di una ligera patada a la pelota que pretendía rescatar. Me dirigí a los jugadores sin sentimientos de enojo, diciéndoles que, si veían a mi camarada, que le informaran acerca de mi penoso contratiempo.

Regresé a casa; mi madre, asombrada, alcanzó a decir:

–No me digas… ¡Te robaron!

–No, sólo me caí –balbuceé, y ejercité una carcajada.

‘Y pensar que sólo me faltaba una cuadra para llegar a mi destino’  razoné yo, rebuscando en mi armario unos pantalones limpios y enviando mensaje de texto a mi amigo para ahorrarle una espera inútil.

Más tarde, me encontré con uno de los chicos de la cancha de fútbol, quien se disculpó conmigo por la risa involuntaria. Si he de ser honesto, yo también me hubiese reído de mí mismo. Es decir, este accidente me ha permitido agregar un artículo más a esta árida sección de opiniones marginales.

Lo que más me impresiona, aún en esta noche tenebrosa de insomnios y silencios, es la imagen de aquel chico voluminoso que carcajeaba frenéticamente en el pasto. Me pregunto, con toda seriedad, si los huéspedes de un manicomio son poseedores acaso de una risa tan demencial como la de aquel fatídico párvulo de mejillas coloradas que vio en mis rodillas embarradas un motivo de alegría.


No estoy enojado. Sospecho de una parte de mí se ha perdido en las profundidades del zanjón; sospecho, a modo de poeta, que mi capacidad de cólera se ha disuelto en el barro. Pero, como lo he dicho en más de una ocasión, son cosas que pasan; y cuando pasan, aprovecho para escribirlas con la mayor de las satisfacciones cotidianas.

jueves, 24 de julio de 2014

¡Hacete valer!

Me molesta profundamente que haya individuos que, después de experimentar una desilusión amorosa, publiquen en sus páginas personales frases motivacionales acerca de seguir adelante o de hallar a otra pareja que sepa valorar lo que es una relación.

Yo soy un solterón miserable, y no lo ando gritando a los cuatro vientos. En caso contrario, lo hago con orgullo y con estilo, escribiéndolo sin faltas de ortografía. A muchos adolescentes decaídos de espíritu les falta tanto lo segundo como lo primero.

‘Algún día, Fulano de Tal se dará cuenta que…’

¡No, chicas, no es así! Flaca, el tipo que te dejó vive en un mundo compuesto por cinco continentes habitados por miles de millones de seres humanos… ¿Cuántas mujeres creés que puede haber en todo el maldito planeta?

(Dije cinco continentes: no sé si la Antártida cuenta.)

Querido amigo, si ella te engañó o te dejó, no es el fin del mundo. Sos joven, tenés pulmones y sangre; si tenés la desfachatez de leer esto y seguir llorando, sos un cararrota.

En esta noche le escribo a todos los lectores obsesivo-compulsivos que dicen: ‘No puedo superar esto’. La vida es una sola, y no pueden desperdiciar los trescientos sesenta y cinco días del año arrancándole pétalos a las flores en el viejo ritual de ‘me quiere/no me quiere’.

‘¡Hacete valer!’ gritó alguien, alguna vez, en algún tiempo, a otros oídos no correspondidos. ‘¡Querete más!’

Y yo les digo, con el más absoluto y primaveral de los afectos: ¡Me importa un cuerno sus estados sentimentales!


Gracias.

lunes, 21 de julio de 2014

Un viejo atrapado en el cuerpo de un joven

Mi paciencia con los niños es limitada. Es un defecto involuntario, una aversión que escapa a mi propio dominio nervioso. He tenido oportunidad de reivindicar esta imperfección de espíritu en tiempos anteriores. Hoy es un día espléndido para volver a sacar a pasear a la bestia intemperante que hay en mí.

En el patio trasero de la casa, mi hermano persigue una pelota en compañía de tres primos de edades similares. Mi madre teme, naturalmente, la destrucción de una ventana desprotegida. Mi padre es un apañador serial: los felicita, celebra sus juegos y sus bromas.

Mis pulmones tienen veinte años de antigüedad: exhalo el aire cansino de un oso viejo que ya no quiere moverse. Soy joven, debo amar el ruido y el color. Un fragmento de mi corazón huele a vejez, a telarañas y a libros polvorientos. Soy demasiado gruñón. Nervioso. Ansioso… Soy un viejo en el cuerpo de un joven. ¿Qué les parece?

Los invasores han entrado a la cocina. No quiero que se queden a comer. Son muchas bocas. Sé que debo ser amable. ‘Debo’. Pero mi carácter irritable se opone al deber de ser bueno.

Sólo amigos extraordinarios o causas mayores avivan las llamas de mi juventud. Una adolescencia eclipsada por la seriedad, la terquedad y la histeria. Me cruzo de brazos y trato de excusarme ante Dios, diciendo:

–No hay ninguna ley que me obligue a amar a los niños.

–Pero tú mismo has sido un niño en tu infancia –objetará el otro.

–No era como los otros niños –diría yo–. Yo no jugaba a la pelota, ni tenía muchos amigos, ni me gustaba celebrar cumpleaños…

–Pero, te agradan los niños. Te he visto saludarlos, hacerles caras graciosas, incluso has tenido la ocurrencia de inventar historias para ellos…

–Cierto. Pero esos niños no se quedan a dormir en mi casa, ni comen en mi mesa, ni gritan en el patio de mi casa.

–¡Eres contradictorio! –gritaría otra voz– Te comportas como un chiquillo, pero evitarías a uno de la misma manera en la que evitarías a un delincuente o un demonio.

–No soy contradictorio –mentiría yo–. Soy como el gigante egoísta de Wilde. Me gustan los chicos… Siempre y cuando estén lejos de mí.

–¡Usted es un caso perdido! –acusaría otra voz, más masculina y caballerosa.

–Pero yo sé –diría una señorita, alzando un dedo– que este muchacho ama a los pequeños. Tal vez, muy en el fondo, en el interior de los músculos cardíacos, más allá de las vénulas y arteriolas de su propio corazón, hay una chispa de amor hacia los más débiles. Quizás, hace falta que las personas toquen, manoseen y abran un poquito su corazón… Solo que usted no quiere eso, ¿verdad? No permite que los niños le atraviesen la sangre por eso.

Imagino un silencio y un rubor en mis mejillas.

–Usted no quiere que le rompan el corazón. Usted no quiere que ningún otro niño tome su alegría y la parta en mil pedazos, de la misma manera en la que otros niños, en su pasado infantil, lo hicieron. ¿No es así?

No sé si la señorita imaginaria tiene razón. Apenas atinaría yo a responder:

–No, por supuesto que no. Es que… Solo soy un viejo atrapado en el cuerpo de un joven. Nada más.


Mi paciencia con los niños es limitada. Algún día, la madurez me ayudará a entender que las criaturas más indefensas de este mundo merecen una pizca de mi afecto.

domingo, 20 de julio de 2014

Escribiendo con gratitud

Este es el centésimo artículo publicado en este blog. Este acontecimiento merece unas palabras de agradecimiento.

Di rienda suelta a mi pésimo sentido del humor en esta sección sin esperanzas de ser leído por nadie. Más allá de unos amigos cercanos, no tuve mayor propaganda.

No me importó. Al verdadero escritor le importa poco la fama. Escribe por escribir, es el arte por el arte. Mis mamotretos no son precisamente artísticos. Lejos estoy de ser considerado un auténtico poeta. Solamente, soy un chico que escribe.

No admiro nada de mí. En cambio a ustedes, lectora y lector, les debo infinita gratitud. Hay ojos marginales que desperdician su tiempo leyendo mis opiniones. Mucho temo no poder retribuirles el tiempo perdido: no me queda más remedio que pulir mis palabras, que afilar el poco talento que la Providencia me designó, para intentar sonsacar una sonrisa al otro que, desde el otro lado de la pantalla, ha decidido lamer mis párrafos, como estampillas cubiertas de azúcar.


Gracias. Ahora, sigo escribiendo. No escribo por fama, por trabajo o por distracción. Simplemente escribo. Soy un chico que escribe. Y escribe con gratitud…

sábado, 19 de julio de 2014

Minimalismo cibernético

El diseño del blog es sencillo. Título, descripción, texto. Nada de fotografías, imágenes o animaciones. La página de Facebook obedece los mismos parámetros. No escribo comentarios innecesarios y utilizo la misma foto de perfil durante todo el año.

Es minimalismo cibernético. No quiero perder mi tiempo buscando contenido pomposo en el espacio virtual, no busco complacer el campo visual del espectador. Este es un espacio de lectura y de opinión. Y, sin importar la cantidad de visitas, seré fiel a mi concepción original.

viernes, 18 de julio de 2014

¿Qué estás escribiendo?

–¿Qué estás escribiendo?

–Nada. Estoy escribiendo.

Me sobra cobardía para no decir a mi padre que estoy escribiendo el tercer capítulo de una novela abandonada. Los personajes son vulgares, grotescos y pronuncian palabrotas cada dos líneas. Son argentinos. No puedo controlarlos. Son libres por naturaleza. No es muy cristiano de mi parte permitir que afloren obscenidades en la prosa. Los protagonistas de la historia tienen una personalidad tan consolidada a priori, que ya no dependen de la fuerza de voluntad del escritor, sino de las corrientes de la narración.

No se puede juzgar a un hombre por lo que escribe. Aunque, si le echas un vistazo a mis manuscritos, no dudarás en considerarme loco.

Un artista jamás debe ocultar su locura. Puede disimularla en su vida personal, si lo desea. La producción artística, en cambio, se alimenta de quimeras y de sueños. De otro modo no es posible.

No soy precisamente un tipo serio o cuerdo, pero, prefiero mantener en casa la poca decencia que me queda. Mis padres y mis hermanos ya tendrán tiempo de leer lo que escribo. Si es que alguna vez se los muestro.


Por ahora me conformo con esto: ser sólo un chico que escribe. Nada más.

miércoles, 16 de julio de 2014

Los vigilantes

Hay un patrullero en la esquina. Es grande, un elefante durmiente de metal. Las sombras de los vigilantes se retuercen de frío en su interior. Permanecen allí las veinticuatro horas del día. Han transcurrido demasiadas semanas desde su primera aparición.

¿Qué vigilan?

Dos líneas de colectivo recorren la calle en la que vivo. Un colegio cercano, a pocas manzanas de mi casa, motiva el movimiento de muchos niños en el mediodía y en el atardecer. Los policías, con su uniforme cerúleo y pulcro, permanecen en sus sitios. De tanto en tanto son visitados por otras unidades; se añade otra camioneta, se producen relevos y sustituciones. Algunos golpean las puertas de hogares vecinos, solicitando ir al baño. El almuerzo y la cena tienen lugar dentro del vehículo reglamentario. No se mueven demasiado. La misteriosa labor que se les ha asignado no se los permite.

Una mañana, caminando con mi madre, vi como dos jóvenes agentes miraban con lascivia a un grupo de jovencitas de vestiduras ceñidas y rostro pintarrajeado. Los ojos se les salieron de las órbitas e intercambiaron murmullos entre sí.

Les perdoné tal ominosa actitud. No es bonito pararse en la vereda con la esperanza de que te peguen un tiro en la garganta. A mi padre le robaron dos veces en el vecindario. Hace unos meses se produjo un infausto tiroteo en las proximidades de una escuela pública. La paz del barrio de la infancia se pudrió en la memoria de todos; el presente nos regala pedacitos de miedo, y la policía es el moño que corona el funesto paquete.

Hay quienes se sienten seguros con perros entrenados o alambres electrificados. Yo no. Ir al quiosco dejó de parecerme placentero. Los agentes no son siniestros: siniestra es la realidad que ellos deben confrontar. ‘¡Estoy aquí!’ grita la inseguridad. ‘Vengan a por mí, imbéciles.’


Ya lo dijo Juvenal, ya lo repitió Alan Moore, y lo repetiré yo: ‘¿Quién vigilará a los vigilantes?’

jueves, 10 de julio de 2014

Sigan celebrando

Debería escribir sobre el Mundial, sobre la fortuita y demoledora victoria de Argentina en el último partido, la angustia de los espectadores, los furtivos festejos en el Obelisco… Digo ‘debería’, subrayando desdeñosamente el modo subjuntivo, el deliberado hiato, la ruptura del diptongo…

‘Debería’, porque, la mayoría de los argentinos lo hace. Adherir las pupilas contra la pantalla, vigilar celosamente el movimiento de la pelota, aprender de memoria los apellidos de deportistas que nunca me interesaron. Con estas pequeñas actitudes, o me gano el derecho de ser argentino o, por lo menos, evito que me tachen de pecho frío.

Si usted está alentando al seleccionado nacional a todo pulmón, le evito la amargura de leer esta opinión marginal. Me tomo la labor de describir mi postura personal ante un evento intercontinental, que de alguna manera prefigura todos los eventos intercontinentales que me suscitan una irracional indiferencia.

No me molesta, de ninguna manera, que los habitantes de este país celebren el triunfo deportivo del equipo que los representa ante la mirada de otras naciones. El exacerbado fanatismo, la parálisis de los televidentes, no me inmuta en lo absoluto. El deporte, fuera del esporádico salvajismo encarnado por los bárbaros y los mercantilistas, es capaz de promover los mejores valores humanos.

A mí no me gusta el fútbol, aunque no incurro en el desprecio absoluto de Borges, quien consideraba esta disciplina un asunto de estúpidos. Cuando me interrogan acerca de mi equipo predilecto, suelo afirmar mecánicamente que soy partidario de River Plate, cuando ni siquiera sé de memoria los nombres de los jugadores actuales, para que no piensen que soy un perfecto alienado. Que a un hombre no le guste el fútbol no lo hace menos argentino; que a un hombre le apasione el deporte no lo hace, tampoco, más idiota.

Contemplo el Universo blanquiceleste a distancia. Una gota de repentino entusiasmo aviva las aguas de la patria, cuando, en la vida práctica, los seres humanos nos roemos los huesos los unos a los otros. El Mundial nos une. Pero no es lo único que nos une o que debería unirnos.

Sin embargo, basta que una pelota atraviese un arco para provocar una explosión de abrazos en plena Capital Federal, cuando la misma televisión que refleja la sagrada unión de la comunidad argentina retrata las desigualdades sociales o la desconfianza del hombre común cuando tiene que salir a trabajar con el corazón en la garganta cuando un presumible delincuente le pregunta la hora para arrancarle el celular.

Mi defecto es demasiado despreciable en una tierra de futbolistas. Esto es lo malo de ser desmesuradamente reflexivo: desmenuzás las pasiones globales hasta reducirlas a nada. Cuando veo un partido de fútbol, no me pasa nada…

Pero… ¡no se detengan! Sigan celebrando, por favor. El mundo no se trunca por el escaso interés de un extranjero como yo. Rían, lloren, aplaudan, enloquezcan, festejen… ¡Vivan!


Mañana, cuando la pompa y la alegría se desvanezcan, volveremos a mirarnos todos con malas caras. A menos que seccionemos el júbilo y lo hagamos rendir muchos años más. Eso sería estupendo.

lunes, 7 de julio de 2014

El canario

Es una noche apacible. Escribo con desenfado. No escojo un tema prefijado. Apilo las palabras sin preocupación.

En mi repertorio de afanes deberían figurar mis estudios universitarios, mi situación laboral, mi futuro…

Soy un canario enjaulado en el presente. No puedo ver más allá de los barrotes del tiempo. Debería sentirme perturbado, abrumado, con el existencialismo mordiéndome las alas.


No lo estoy. Soy un pájaro. Nada más.

miércoles, 2 de julio de 2014

La obligación de sentirse mal

A las personas no les ha resultado difícil menospreciarme. Por mi estatura, mi timidez o mi manera de hablar. La temporada de burlas ha pasado. No estoy en la secundaria. ¿Por qué siento que mi bolsa azul es tan pesada?

He de ser un hombre maduro. Impedir que los recuerdos me afecten. Pero, ¿por qué me siento tan inferior a los otros? A veces me llevo los dedos a la boca. Mi sonrisa parece tan auténtica y tan falsa a la vez.

No debo sentirme triste. No tengo motivos para llorar. Mi familia, mis amigos, mi salud, mi empleo, mis estudios universitarios, mi Dios… La realidad me ofrece razones para existir. Y aún así, me empecino en guardar rencor, en buscar odios en las horas de la tarde, en hallar mil y un maneras de entresacar la rabia del corazón.

¿Por qué sufro la obligación de sentirme mal, si tengo todo el derecho del mundo a ser feliz? Tal vez, la felicidad propia es un insulto a la realidad; tal vez, nadie tiene derecho a ser lo que no es. Tal vez, es mejor reír con los que ríen, llorar con los que lloran.


No puedo ser bueno o malo. Me conformo con estar vivo y ser humano.