viernes, 1 de agosto de 2014

Hace cuatro o cinco años...

He echado un vistazo a los primeros relatos de ficción que he escrito en mi computadora y me pregunto a dónde se ha ido toda mi creatividad. Hoy me cuesta horrores perpetuar un cuento en una hoja en blanco. Pienso, humildemente, que se trata de mi falta de talento. No me considero ni por asomo el mejor cuentista de Sudamérica. Hay demasiados gigantes en la Tierra como para que uno se jacte de lo que no tiene.

Hace cuatro o cinco años regalaba historias a chicos de mi edad. No eran muy originales, no eran muy eficientes. Recuerdo que, en pleno apogeo de la saga Crepúsculo, rubriqué un relato sobre vampiros mapuches para oponerme a la moda dominante del hematófago seductor. El Origen, la célebre película de Nolan, me inspiró a escribir un relato sobre un hombre que exploraba sus propios sueños para encontrar objetos mágicos.

Apenas empezaba a esgrimir el filo de la escritura con notoria torpeza. Mis ocurrencias eran meras imitaciones, perversiones u homenajes de novelas leídas o filmes vistos.

Hacia el final de la secundaria, me inscribí a un taller literario. Y esta experiencia me marcaría por el resto de mi vida hasta hoy.*

La literatura no se aprende, se ama. Nadie aprende a ser escritor. Estudiar medicina te convierte en médico; estudiar ingeniería te transforma en ingeniero… Pero no hay un solo lugar en el mundo donde te enseñen a ser escritor.

La escuela del escritor es la vida. De la vida se extraen las verdades importantes y las lecciones más valiosas. De los niños aprendemos la felicidad; de los hombres, la crueldad; de las mujeres, la belleza; y de la muerte, el dolor.

La métrica, la rima, las metáforas, los recursos poéticos, son apenas meras herramientas de expresión física. Uno escribe con el alma o no escribe. Que el cirujano comprenda a la perfección el funcionamiento del cuerpo humano y la implementación de los instrumentos quirúrgicos no lo convierte en un profesional. El médico, en cualesquiera de sus ramas, trabaja a todo pulmón para preservar la vida de sus pacientes.

Y usted exclama: ¡Eso es un médico!

Si se me permite ser un poco pretencioso, a mí me gustaría que las personas me observen y digan: ¡Éste es un escritor! Por supuesto, es una mera fantasía. Como conquistar a la chica de tus sueños o ganarte la lotería.

Aunque un viajero del tiempo proveniente del futuro me dijera que no seré famoso, ni rico, ni reconocido, seguiré escribiendo de todas maneras. Escribo por placer, escribo por angustia, escribo para justificar mi existencia en este mundo terrible… ¡Escribo! Es lo que hago, lo que me hace feliz y lo que seguiré haciendo por el resto de mis días.

¿Y qué pasa cuando no escribo?

Me atormento. Cierro los ojos y busco la inspiración en todos los rincones de mi corazón. Siempre hay una herida sin sanar, un recuerdo de infancia, una situación cómica, un libro inolvidable, que me empuja al abismo de los sueños. Y lo peor (o lo mejor, según el caso) es que mis padres o mis hermanos no tienen idea de lo que se retuerce dentro de mi espíritu cuando no escribo. Para los demás, esto es un mero pasatiempo o un capricho mojigato…

Hoy reviso mis antiguas historias y me pregunto cómo habrá hecho aquel muchacho de quince años para crecer y llegar hasta la silla que estoy ocupando en este preciso momento mientras urdo este nostálgico artículo.

Mi respuesta es: sólo Dios sabe, y no tengo la más mínima idea.

Es tiempo de escribir, leer, soñar y vivir. Hasta pronto.




*No hace falta que lo hagan, pero en esta opinión marginal describo con más detalles esta etapa maravillosa de mi vida que, espero, dure unos años más: Los escritores de la Tinta Dorada.html

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