miércoles, 2 de julio de 2014

La obligación de sentirse mal

A las personas no les ha resultado difícil menospreciarme. Por mi estatura, mi timidez o mi manera de hablar. La temporada de burlas ha pasado. No estoy en la secundaria. ¿Por qué siento que mi bolsa azul es tan pesada?

He de ser un hombre maduro. Impedir que los recuerdos me afecten. Pero, ¿por qué me siento tan inferior a los otros? A veces me llevo los dedos a la boca. Mi sonrisa parece tan auténtica y tan falsa a la vez.

No debo sentirme triste. No tengo motivos para llorar. Mi familia, mis amigos, mi salud, mi empleo, mis estudios universitarios, mi Dios… La realidad me ofrece razones para existir. Y aún así, me empecino en guardar rencor, en buscar odios en las horas de la tarde, en hallar mil y un maneras de entresacar la rabia del corazón.

¿Por qué sufro la obligación de sentirme mal, si tengo todo el derecho del mundo a ser feliz? Tal vez, la felicidad propia es un insulto a la realidad; tal vez, nadie tiene derecho a ser lo que no es. Tal vez, es mejor reír con los que ríen, llorar con los que lloran.


No puedo ser bueno o malo. Me conformo con estar vivo y ser humano.

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