miércoles, 16 de julio de 2014

Los vigilantes

Hay un patrullero en la esquina. Es grande, un elefante durmiente de metal. Las sombras de los vigilantes se retuercen de frío en su interior. Permanecen allí las veinticuatro horas del día. Han transcurrido demasiadas semanas desde su primera aparición.

¿Qué vigilan?

Dos líneas de colectivo recorren la calle en la que vivo. Un colegio cercano, a pocas manzanas de mi casa, motiva el movimiento de muchos niños en el mediodía y en el atardecer. Los policías, con su uniforme cerúleo y pulcro, permanecen en sus sitios. De tanto en tanto son visitados por otras unidades; se añade otra camioneta, se producen relevos y sustituciones. Algunos golpean las puertas de hogares vecinos, solicitando ir al baño. El almuerzo y la cena tienen lugar dentro del vehículo reglamentario. No se mueven demasiado. La misteriosa labor que se les ha asignado no se los permite.

Una mañana, caminando con mi madre, vi como dos jóvenes agentes miraban con lascivia a un grupo de jovencitas de vestiduras ceñidas y rostro pintarrajeado. Los ojos se les salieron de las órbitas e intercambiaron murmullos entre sí.

Les perdoné tal ominosa actitud. No es bonito pararse en la vereda con la esperanza de que te peguen un tiro en la garganta. A mi padre le robaron dos veces en el vecindario. Hace unos meses se produjo un infausto tiroteo en las proximidades de una escuela pública. La paz del barrio de la infancia se pudrió en la memoria de todos; el presente nos regala pedacitos de miedo, y la policía es el moño que corona el funesto paquete.

Hay quienes se sienten seguros con perros entrenados o alambres electrificados. Yo no. Ir al quiosco dejó de parecerme placentero. Los agentes no son siniestros: siniestra es la realidad que ellos deben confrontar. ‘¡Estoy aquí!’ grita la inseguridad. ‘Vengan a por mí, imbéciles.’


Ya lo dijo Juvenal, ya lo repitió Alan Moore, y lo repetiré yo: ‘¿Quién vigilará a los vigilantes?’

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