lunes, 21 de julio de 2014

Un viejo atrapado en el cuerpo de un joven

Mi paciencia con los niños es limitada. Es un defecto involuntario, una aversión que escapa a mi propio dominio nervioso. He tenido oportunidad de reivindicar esta imperfección de espíritu en tiempos anteriores. Hoy es un día espléndido para volver a sacar a pasear a la bestia intemperante que hay en mí.

En el patio trasero de la casa, mi hermano persigue una pelota en compañía de tres primos de edades similares. Mi madre teme, naturalmente, la destrucción de una ventana desprotegida. Mi padre es un apañador serial: los felicita, celebra sus juegos y sus bromas.

Mis pulmones tienen veinte años de antigüedad: exhalo el aire cansino de un oso viejo que ya no quiere moverse. Soy joven, debo amar el ruido y el color. Un fragmento de mi corazón huele a vejez, a telarañas y a libros polvorientos. Soy demasiado gruñón. Nervioso. Ansioso… Soy un viejo en el cuerpo de un joven. ¿Qué les parece?

Los invasores han entrado a la cocina. No quiero que se queden a comer. Son muchas bocas. Sé que debo ser amable. ‘Debo’. Pero mi carácter irritable se opone al deber de ser bueno.

Sólo amigos extraordinarios o causas mayores avivan las llamas de mi juventud. Una adolescencia eclipsada por la seriedad, la terquedad y la histeria. Me cruzo de brazos y trato de excusarme ante Dios, diciendo:

–No hay ninguna ley que me obligue a amar a los niños.

–Pero tú mismo has sido un niño en tu infancia –objetará el otro.

–No era como los otros niños –diría yo–. Yo no jugaba a la pelota, ni tenía muchos amigos, ni me gustaba celebrar cumpleaños…

–Pero, te agradan los niños. Te he visto saludarlos, hacerles caras graciosas, incluso has tenido la ocurrencia de inventar historias para ellos…

–Cierto. Pero esos niños no se quedan a dormir en mi casa, ni comen en mi mesa, ni gritan en el patio de mi casa.

–¡Eres contradictorio! –gritaría otra voz– Te comportas como un chiquillo, pero evitarías a uno de la misma manera en la que evitarías a un delincuente o un demonio.

–No soy contradictorio –mentiría yo–. Soy como el gigante egoísta de Wilde. Me gustan los chicos… Siempre y cuando estén lejos de mí.

–¡Usted es un caso perdido! –acusaría otra voz, más masculina y caballerosa.

–Pero yo sé –diría una señorita, alzando un dedo– que este muchacho ama a los pequeños. Tal vez, muy en el fondo, en el interior de los músculos cardíacos, más allá de las vénulas y arteriolas de su propio corazón, hay una chispa de amor hacia los más débiles. Quizás, hace falta que las personas toquen, manoseen y abran un poquito su corazón… Solo que usted no quiere eso, ¿verdad? No permite que los niños le atraviesen la sangre por eso.

Imagino un silencio y un rubor en mis mejillas.

–Usted no quiere que le rompan el corazón. Usted no quiere que ningún otro niño tome su alegría y la parta en mil pedazos, de la misma manera en la que otros niños, en su pasado infantil, lo hicieron. ¿No es así?

No sé si la señorita imaginaria tiene razón. Apenas atinaría yo a responder:

–No, por supuesto que no. Es que… Solo soy un viejo atrapado en el cuerpo de un joven. Nada más.


Mi paciencia con los niños es limitada. Algún día, la madurez me ayudará a entender que las criaturas más indefensas de este mundo merecen una pizca de mi afecto.

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