viernes, 25 de julio de 2014

Yendo a la casa de Samuel

Salí de mi casa a las tres de la tarde y me encontré con calles solitarias. El esplendor del sol no había mitigado el frío desgarrador de la estación. Encogido de hombros, penetré un camino de tierra.

Yendo a la casa de un amigo para resolver unos asuntos, aparecí delante de una iglesia católica rodeada de altos muros. La cruz de la capilla proyectaba una sombra poco cristiana en el horizonte. Delante de este sitio se desdibuja una extensa cancha de fútbol con aires de basural. No muy lejos se alza, ominosa, la torre de agua.

En una esquina de este espacio verde reconozco caras familiares. Una pelota se les escapa de los pies y brinca hacia una zanja inoportuna. En un acto de buena voluntad, me acerco al lugar del hundimiento, aplasto una porción de suelo poco sólido con el pie derecho y me dispongo a alcanzarles el balón.

El demonio de la suerte me propina un resbalón y caigo sentado en el charco de aguas pestilentes. Los testigos de mi insólito accidente reprimieron la risa en un principio. Un niño de amplias dimensiones corporales –no me gusta, ni jamás me ha gustado, escribir la palabra gordo– cayó de espaldas en el césped y comenzó a retorcerse histéricamente. No lo supe en ese momento, pero se estaba riendo de mí.

Yo, por mi parte, estaba atontado. La carcajada ajena no me había intimidado: la caída había sido tan abrupta que demoré un buen rato en comprender que me había mojado las zapatillas. Aunque la escena, en sí, no duró más que unos segundos.

Las zapatillas sumergidas de lleno en la ciénaga suburbana, los pantalones embarrados y mi brazo izquierdo tan fangoso como una extensión de pantano. Le di una ligera patada a la pelota que pretendía rescatar. Me dirigí a los jugadores sin sentimientos de enojo, diciéndoles que, si veían a mi camarada, que le informaran acerca de mi penoso contratiempo.

Regresé a casa; mi madre, asombrada, alcanzó a decir:

–No me digas… ¡Te robaron!

–No, sólo me caí –balbuceé, y ejercité una carcajada.

‘Y pensar que sólo me faltaba una cuadra para llegar a mi destino’  razoné yo, rebuscando en mi armario unos pantalones limpios y enviando mensaje de texto a mi amigo para ahorrarle una espera inútil.

Más tarde, me encontré con uno de los chicos de la cancha de fútbol, quien se disculpó conmigo por la risa involuntaria. Si he de ser honesto, yo también me hubiese reído de mí mismo. Es decir, este accidente me ha permitido agregar un artículo más a esta árida sección de opiniones marginales.

Lo que más me impresiona, aún en esta noche tenebrosa de insomnios y silencios, es la imagen de aquel chico voluminoso que carcajeaba frenéticamente en el pasto. Me pregunto, con toda seriedad, si los huéspedes de un manicomio son poseedores acaso de una risa tan demencial como la de aquel fatídico párvulo de mejillas coloradas que vio en mis rodillas embarradas un motivo de alegría.


No estoy enojado. Sospecho de una parte de mí se ha perdido en las profundidades del zanjón; sospecho, a modo de poeta, que mi capacidad de cólera se ha disuelto en el barro. Pero, como lo he dicho en más de una ocasión, son cosas que pasan; y cuando pasan, aprovecho para escribirlas con la mayor de las satisfacciones cotidianas.

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