miércoles, 27 de agosto de 2014

Escribir es lo que soy

En los últimos tiempos me ha afectado la irremediable sensación de que, cada vez que escribo, meto la cuchara en la sopa del arte y arruino la cena. Es la tediosa impresión de ser un intruso en la cocina de los artistas, de presentarse como un ladrón de poca monta en una mafia de guante blanco.


En el peor de los casos, soy un humorista sin talento. No soy un genio. No soy un escritor. No sé que soy. Pero escribo. Y escribir es lo que soy.

domingo, 17 de agosto de 2014

Héroes argentinos

El aniversario de la muerte del General Don José de San Martín constituye una excelente oportunidad para replantear mi visión de ‘patria’. Mi infancia floreció en un país “sin héroes”, en una nación herida por la crisis económica, la deuda externa y el neoliberalismo desmedido. No por eso fue menos alegre, y, ciertamente, no me di cuenta de las grietas que desgarraban la realidad de Argentina hasta que desarrollé las neuronas necesarias para entenderlo.

En mi feliz estupidez de párvulo hermético, ignoré o quise ignorar la comprometida situación social en la que se encontraba Argentina. La televisión me bombardeaba los ojos con imágenes de saqueos en Capital Federal: la atmósfera era terrible, la escena era tan barroca, y, sin embargo, no me resultaba difícil apretar el botón de VIDEO y entretenerme con mi consola de juegos. Era niño aún, y los argentinos más viejos comprenderán mi sincera estolidez.

Me pregunto si San Martín habrá dilucidado este porvenir medianamente distópico. Caminás por la calle, y tenés miedo de que te arranquen los ojos. La vecina acribilla al comerciante de la esquina con interjecciones de asombro cuando se entera de que el precio de un paquete de yerba mate subió hasta el Reino de los Cielos. Los políticos enhebran discursos retorcidos y se dedican a ultrajar minuciosamente a sus adversarios ideológicos…

Y San Martín, encerrado en el continente de papel que es el billete de diez pesos, mira a un costado, no por voluntad propia, sino porque un ilustrador lo dispuso así: es una imagen, es una leyenda, es el rostro de un hombre enfermo que cruzó una cordillera, la cara de un prócer que nació en Yapeyú y murió en Francia.

Y uno puede preguntarse hoy en día dónde están los héroes argentinos: si en la Casa Rosada, bajo la forma de una mujer; o, en el Vaticano, bajo la forma del Papa; o en el último mundial de fútbol, en los corazones de los hombres que pugnaron por la Copa bajo el manto de Sabella.

¿Dónde están los héroes? ¿En los billetes, nada más?

Es hora de apagar la máquina de transmisión de pesimismo existencial: si te meto una sarta de observaciones oscuras en el cráneo, tu cabeza se convierte en un buzón de quejas. Hay esperanza. Tiene que haber esperanza. Aún hay alumnos, con guardapolvos y lapiceras, que entonan el himno nacional con orgullo en los actos escolares. Hay hombres y mujeres que creen en un futuro mejor, que desafían a la contaminación ambiental, a la corrupción policial y a la inflación, que publican libros desafiantes y se comprometen con el arte.

Hay héroes. Héroes argentinos. Y los vemos todos los días. Sentados en las aulas, repartiendo pan entre los pobres, vendiendo manzanas acarameladas, fragmentando sueños, inyectando ilusiones…

No hace falta liberar tres países para ser héroe. Basta con comprender con cuánta abnegación San Martín hizo lo que hizo para clavar una espada en el pecho de Clío y hacer que la Musa sangre historia.

En fin, tenemos que ser optimistas, che. O juremos con gloria morir…

Así es como concluye nuestro canto. O juremos con gloria morir…


O juremos con gloria morir…

viernes, 15 de agosto de 2014

No me soporto

Hay días en los que no me soporto. Mañanas en las que me veo en el espejo y me doy asco. No soporto mi rostro, mis ojos, mi boca, mis manos, mis pies, mi cuerpo, mi alma, mi ser…

No me soporto. Y no tengo razones para odiarme. No tengo motivos para estrellar mi puño contra el cristal, embarrar mis dedos con sangre, escupir mi reflejo, despreciarme de la misma manera en la que desprecio las faltas ortográficas o las imperfecciones de la sociedad humana.

Mis seres queridos me recuerdan que tengo mil y un causas para sentirme amado. Entonces, me siento en la obligación de tolerarme, de aguantarme, de cargarme a los hombros, de caminar en compañía de mi propio ego.


Y –créanme lo que les digo– es horrible y maravilloso ser yo los trescientos sesenta y cinco días del año.

martes, 12 de agosto de 2014

Contagio

Una escritora de libros infantiles y juveniles dicta clases de literatura norteamericana en la Universidad. En tan sólo dos clases ella infundió en mi corazón una curiosidad inconmensurable por la literatura de Estados Unidos: la especialidad de la docente versa sobre las obras literarias producidas por las minorías (afroamericana, nativos americanos) en tiempos de esclavitud y segregación.

Cuando nombra el título de una novela, lo hace con pasión, con vehemencia y con placer. Y, como si fuera a propósito, arroja a los alumnos frases que se incrustan en el tejido de la mente, tales como: Las historias de Toni Morrison… Lo que se refleja en las historias de James F. Cooper… Esto aparece planteado así en ‘Moby Dick’…

Hoy llegué a casa con ganas de saber quién es Toni Morrison, la primera mujer de raza negra en ganar un Premio Nobel.

Un buen maestro es un agente patógeno que infecta a sus alumnos con el virus de la vocación. Algunos sistemas inmunológicos se resisten a la fiebre, aunque muestran síntomas notorios como un aumento en el interés por los temas de conversación y una mayor interacción en las clases. Otros sucumben completamente ante el hechizo de la serpiente de bronce, cuya mirada roja estremece la fibra de los discípulos más vulnerables y, acto continuo, se convierten en soñadores con ganas de atravesar una carrera universitaria hasta agotar las últimas posibilidades.

Aunque…

El amor por la literatura no es una enfermedad que se transmite. Es la menos apropiada de las comparaciones. La literatura nos muestra diferentes caras de la condición humana, en sus facetas más humorísticas o trágicas. Un libro puede provocar risa, miedo o llanto. Y si el escritor nos infunde malestar, es un pesar que nos desgarra el alma para empujarnos a los abismos de la razón. A quien haya leído ‘Mi planta de naranja-lima’ o ‘Los ojos del perro siberiano’ no le resultará difícil comprenderme.

Regreso con el corazón lleno de esperanza cuando me encuentro con bellos seres que proclaman a viva voz su amor por las letras, no por vanidad o soberbia, sino por una auténtica pasión por el arte.


Y de cierto os digo: Bienaventurados los amantes de los libros, porque de ellos es el Reino de las Letras.

viernes, 8 de agosto de 2014

La fumadora

He visto a una mujer con un bebé en un brazo y un cigarrillo en la otra mano. Estaba ella en la estación ferroviaria, conversando con una comerciante de quiosco. El humo se balanceaba como un látigo gris sobre la boca del recién nacido. Vi el rostro enjuto, amarillo y flaco, de la fumadora: chupando el atado, comiendo nicotina en el crepúsculo, vomitando muerte.

No hay palabras que pueda yo expresar aquí para calificar esta escena de inconsciencia pura, encarnada por este más que insensato y poco maternal personaje. A ustedes, lectores responsables, les dejo las reflexiones pertinentes.

jueves, 7 de agosto de 2014

El sepulturero

No sé cómo reconfortar a las personas cuando están tristes, y este defecto puede ser contraproducente cuando trato de apaciguar el sufrimiento ajeno. En vez de apaciguar las aguas de la soledad, avivo las llamas del odio. Soy mejor sepulturero que reanimador de cadáveres. Ciertamente, ya por incluir la palabra ‘cadáver’ en un discurso motivacional, merezco ser pasado por las armas más de una vez.

No soy bueno dando consejos, recomendaciones o instrucciones. No soy un líder natural y soy muy dubitativo. Desconfío de mis propias decisiones, de mi propio libre albedrío, de mi propia sombra…

¿Baja autoestima? ¿Inseguridad? Yo tengo tanto el poder de ayudar a las personas como el poder de destruirlas. Mis palabras pueden afectar, para bien o para mal, el estado de ánimo de un amigo. Y mi experiencia en casos de solidaridad me indica que, más que contribuir a una buena causa, destruyo todo lo que toco.

No soy altruista. Soy un alma escéptica, egoísta y cobarde. Puedes contarme todos tus problemas, coserme la boca con un hilo de plata y atarme al árbol más sombrío de un bosque desconocido. Jamás revelaré tus secretos, siempre en cuando me agrades lo suficiente… o me amenaces lo suficiente.


Por lo demás, mi currículum vitae no reúne las condiciones necesarias para calificarme como un buen amigo. Y aún así, me asombro cuando me veo rodeado de jóvenes maravillosos que toleran de buena gana mi estupidez, mi ingenuidad y mi pésimo sentido del humor.

martes, 5 de agosto de 2014

El microscopio

Han ocurrido muchas cosas desde mi última publicación en este espacio. Insólitos pasajeros de colectivos, peatones urbanos con muchas historias encima, estudiantes de Facultad e incidentes estudiantiles inexplicables…

El mundo es un lugar lleno de rarezas por donde quiera que se lo mire. Si no me atrae salir de las fronteras de mi país para contemplar criaturas exóticas o sitios tenebrosos, es porque contemplar una callecita de Flores o un perro destripado a un costado de la carretera me produce el mismo impacto.

Me asombra lo más chiquito, lo insignificante, lo cotidiano. Mi alma es un microscopio. Tomo una partícula del tiempo, la examino, la dilato y la exagero.

Lo grande es pequeño, lo pequeño es grande. La política puede pasar desapercibida ante mis ojos, pero si mi hermano toca mi computadora, hago un lío de mil diablos.


Esta es mi visión del mundo. La del microscopio en el dormitorio del científico que, en vez de preocuparse por los asuntos importantes, se dedica a analizar los restos de un almuerzo, los bordes de una moneda o la yema de los dedos.

viernes, 1 de agosto de 2014

Hace cuatro o cinco años...

He echado un vistazo a los primeros relatos de ficción que he escrito en mi computadora y me pregunto a dónde se ha ido toda mi creatividad. Hoy me cuesta horrores perpetuar un cuento en una hoja en blanco. Pienso, humildemente, que se trata de mi falta de talento. No me considero ni por asomo el mejor cuentista de Sudamérica. Hay demasiados gigantes en la Tierra como para que uno se jacte de lo que no tiene.

Hace cuatro o cinco años regalaba historias a chicos de mi edad. No eran muy originales, no eran muy eficientes. Recuerdo que, en pleno apogeo de la saga Crepúsculo, rubriqué un relato sobre vampiros mapuches para oponerme a la moda dominante del hematófago seductor. El Origen, la célebre película de Nolan, me inspiró a escribir un relato sobre un hombre que exploraba sus propios sueños para encontrar objetos mágicos.

Apenas empezaba a esgrimir el filo de la escritura con notoria torpeza. Mis ocurrencias eran meras imitaciones, perversiones u homenajes de novelas leídas o filmes vistos.

Hacia el final de la secundaria, me inscribí a un taller literario. Y esta experiencia me marcaría por el resto de mi vida hasta hoy.*

La literatura no se aprende, se ama. Nadie aprende a ser escritor. Estudiar medicina te convierte en médico; estudiar ingeniería te transforma en ingeniero… Pero no hay un solo lugar en el mundo donde te enseñen a ser escritor.

La escuela del escritor es la vida. De la vida se extraen las verdades importantes y las lecciones más valiosas. De los niños aprendemos la felicidad; de los hombres, la crueldad; de las mujeres, la belleza; y de la muerte, el dolor.

La métrica, la rima, las metáforas, los recursos poéticos, son apenas meras herramientas de expresión física. Uno escribe con el alma o no escribe. Que el cirujano comprenda a la perfección el funcionamiento del cuerpo humano y la implementación de los instrumentos quirúrgicos no lo convierte en un profesional. El médico, en cualesquiera de sus ramas, trabaja a todo pulmón para preservar la vida de sus pacientes.

Y usted exclama: ¡Eso es un médico!

Si se me permite ser un poco pretencioso, a mí me gustaría que las personas me observen y digan: ¡Éste es un escritor! Por supuesto, es una mera fantasía. Como conquistar a la chica de tus sueños o ganarte la lotería.

Aunque un viajero del tiempo proveniente del futuro me dijera que no seré famoso, ni rico, ni reconocido, seguiré escribiendo de todas maneras. Escribo por placer, escribo por angustia, escribo para justificar mi existencia en este mundo terrible… ¡Escribo! Es lo que hago, lo que me hace feliz y lo que seguiré haciendo por el resto de mis días.

¿Y qué pasa cuando no escribo?

Me atormento. Cierro los ojos y busco la inspiración en todos los rincones de mi corazón. Siempre hay una herida sin sanar, un recuerdo de infancia, una situación cómica, un libro inolvidable, que me empuja al abismo de los sueños. Y lo peor (o lo mejor, según el caso) es que mis padres o mis hermanos no tienen idea de lo que se retuerce dentro de mi espíritu cuando no escribo. Para los demás, esto es un mero pasatiempo o un capricho mojigato…

Hoy reviso mis antiguas historias y me pregunto cómo habrá hecho aquel muchacho de quince años para crecer y llegar hasta la silla que estoy ocupando en este preciso momento mientras urdo este nostálgico artículo.

Mi respuesta es: sólo Dios sabe, y no tengo la más mínima idea.

Es tiempo de escribir, leer, soñar y vivir. Hasta pronto.




*No hace falta que lo hagan, pero en esta opinión marginal describo con más detalles esta etapa maravillosa de mi vida que, espero, dure unos años más: Los escritores de la Tinta Dorada.html