martes, 12 de agosto de 2014

Contagio

Una escritora de libros infantiles y juveniles dicta clases de literatura norteamericana en la Universidad. En tan sólo dos clases ella infundió en mi corazón una curiosidad inconmensurable por la literatura de Estados Unidos: la especialidad de la docente versa sobre las obras literarias producidas por las minorías (afroamericana, nativos americanos) en tiempos de esclavitud y segregación.

Cuando nombra el título de una novela, lo hace con pasión, con vehemencia y con placer. Y, como si fuera a propósito, arroja a los alumnos frases que se incrustan en el tejido de la mente, tales como: Las historias de Toni Morrison… Lo que se refleja en las historias de James F. Cooper… Esto aparece planteado así en ‘Moby Dick’…

Hoy llegué a casa con ganas de saber quién es Toni Morrison, la primera mujer de raza negra en ganar un Premio Nobel.

Un buen maestro es un agente patógeno que infecta a sus alumnos con el virus de la vocación. Algunos sistemas inmunológicos se resisten a la fiebre, aunque muestran síntomas notorios como un aumento en el interés por los temas de conversación y una mayor interacción en las clases. Otros sucumben completamente ante el hechizo de la serpiente de bronce, cuya mirada roja estremece la fibra de los discípulos más vulnerables y, acto continuo, se convierten en soñadores con ganas de atravesar una carrera universitaria hasta agotar las últimas posibilidades.

Aunque…

El amor por la literatura no es una enfermedad que se transmite. Es la menos apropiada de las comparaciones. La literatura nos muestra diferentes caras de la condición humana, en sus facetas más humorísticas o trágicas. Un libro puede provocar risa, miedo o llanto. Y si el escritor nos infunde malestar, es un pesar que nos desgarra el alma para empujarnos a los abismos de la razón. A quien haya leído ‘Mi planta de naranja-lima’ o ‘Los ojos del perro siberiano’ no le resultará difícil comprenderme.

Regreso con el corazón lleno de esperanza cuando me encuentro con bellos seres que proclaman a viva voz su amor por las letras, no por vanidad o soberbia, sino por una auténtica pasión por el arte.


Y de cierto os digo: Bienaventurados los amantes de los libros, porque de ellos es el Reino de las Letras.

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