viernes, 15 de agosto de 2014

No me soporto

Hay días en los que no me soporto. Mañanas en las que me veo en el espejo y me doy asco. No soporto mi rostro, mis ojos, mi boca, mis manos, mis pies, mi cuerpo, mi alma, mi ser…

No me soporto. Y no tengo razones para odiarme. No tengo motivos para estrellar mi puño contra el cristal, embarrar mis dedos con sangre, escupir mi reflejo, despreciarme de la misma manera en la que desprecio las faltas ortográficas o las imperfecciones de la sociedad humana.

Mis seres queridos me recuerdan que tengo mil y un causas para sentirme amado. Entonces, me siento en la obligación de tolerarme, de aguantarme, de cargarme a los hombros, de caminar en compañía de mi propio ego.


Y –créanme lo que les digo– es horrible y maravilloso ser yo los trescientos sesenta y cinco días del año.

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