martes, 30 de septiembre de 2014

En el centro del escenario

Una de las características que menos me favorecen es la ininterrumpida tendencia a dar la razón a todas las personas que no sean yo. Se me detiene en medio de una faena para indicarme en qué aspectos de mi vida estoy equivocado. Y yo, en vez de discutir, en vez de defender lo que realmente creo, pienso o siento, agacho la cabeza y digo: ‘Sí, la verdad, tenés razón’.

Entonces, el otro se retira contento, creyendo que le ha hecho un favor al mundo al enderezar a este pobre cristiano con su interesante dialéctica. A lo largo de todos estos años le he dado la razón a tantas personas que a veces olvido diferenciar los buenos consejos de las palabras mal intencionadas. Es más: olvido casi siempre que quienes me interpelan son seres humanos, y no enviados de Dios destinados a corregir mis desviaciones.

Mis opiniones no valen nada; o, al menos, es lo que siempre he sostenido de mi propia voz. Si mis artículos tienen valor, es porque usted, lectora o lector humilde, con el interés de sus ojos se lo conceden. ¿Por qué creen que he bautizado a esta serie de textos con el nombre de ‘Opiniones Marginales’? Yo me detengo a un costado de la carretera, me coloco al margen de todas las cosas y las observo con cobardía. No me siento el protagonista de ninguna historia. Ser el personaje principal de la película es un trabajo demasiado pesado para mis miedosos hombros; yo sólo quiero ser un actor de reparto, nada más.

Me escondo tras bambalinas, escribo poemas berretas y no tengo que rendir explicaciones a nadie acerca de lo que pienso, siento y creo. No tengo por qué entrar en vanas disputas ni guerras inútiles. Si me decís que estoy equivocado en tal cosa, te lo acepto. Si me decís que soy un idiota con todas las letras del abecedario, no sólo te doy la razón, sino que te aplaudo y te entrego un cheque por un millón de pesos para que lo gastes en lo que se te dé la gana.

Pero si me decís que soy un escritor genial, te lo discuto. Eso sí te lo discuto. Eso es un insulto a Poe y a Shakespeare. No, no soy un escritor genial. No, tampoco soy una buena persona. ¿Cristiano? ¡Peor! Los de la Inquisición eran más simpáticos que yo. ¿Buen hermano? ¿Yo? ¿Buen hijo? Si mi familia te contara las estupideces que digo y hago la mayor parte del día. ¿Respetuoso? Cobarde, querrás decir. ¿Artista? ¡Jamás!

Usted leerá todo esto y dirá: ‘Pero este pibe se está tirando abajo en todo momento’. Por supuesto que sí, soy un depresivo en recuperación. Si me hubiese conocido a los quince, señor: la melancolía adolescente estaba en su máximo apogeo y cada dos por tres pensaba en apretarme un cuchillo contra el cuello. Los tiempos pasados no fueron mejores. No importa. Reservo estos párrafos para otra historia.

‘El acto más importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos’, sentenció Camus. ¡Cuánta razón tenía el tipo! (Hasta al autor de ‘El extranjero’ le concedo la razón, ¿lo ven?) Y pensar que algunos de mis seres queridos consideraban seriamente la posibilidad de imitar a Sócrates y beber la cicuta final. Si usted se enoja porque menciono cada tres líneas al Dios de los cristianos, es sencillamente por esto: mi familia ha vivido al margen, en el límite, en una constante asfixia… Y Jesucristo tuvo misericordia de nosotros, tocó el corazón de mi madre, le susurró al oído bellas palabras. Y cuando ella apareció en el interior de una iglesia evangélica, el Hijo de Dios entró a su casa, recorrió el living y vio que la mujer tenía un esposo, dos hermosos hijos y un primogénito muy feo.

El tipo feo era yo, por supuesto. Y Dios, con una sonrisa de satisfacción, dijo: ‘Bueno, el burro por delante, ¿qué tenemos aquí?’

Mi familia ha vivido al margen de todo. Es lógico que yo haya heredado una visión marginal de la vida. No me drogo, no fumo, no bebo, no salgo a bailar, no tengo muchas amistades, no he sufrido demasiado para dar un consejo acerca de cómo combatir el sufrimiento. Estoy al margen. No sé mucho acerca de nada, sino un poquito de cada cosa. Escribo lo que veo. Lo que yo pienso, lo que yo siento, lo que yo creo, lo que yo vivo, no le tiene por qué interesar a nadie.

Escribo y punto.

No se compadezca de mí. A lo largo de este artículo no he hecho más que victimizarme y martirizarme. Es la estrategia clásica a la que recurro siempre. ‘Ay, yo estoy marginado de todo, mi opinión no vale nada’. Una amiga mía dijo una vez: ‘La humildad es una forma de vanidad’. ¿Así era la frase? No me acuerdo. Al menos, en mis años de secundaria, he ejercitado mucho el arte de dar pena. ‘¡Pobre chico!’ Y yo me victimizaba –y me victimizo, es un vicio, créalo– para recibir lisonjas de otros, para que el otro refuerce mi autoestima con palabras dulzonas.

¡Caramba! Tengo que cortar con esta adicción, acabar con este juego de mártires, que me está agotando la paciencia.

Estoy al margen porque quiero estar al margen. No me gusta el centro del escenario. Lo detesto. Pero, tarde o temprano, en alguna instancia de mi vida, tengo que estar en el centro. Para defender a quienes amo. Para leer lo que escribo. Para explicar lo que hablo. Para decir lo que pienso, siento y creo. Y, por una vez en mi vida, que el lector me dé la razón.

¡Odio estar en el centro! ¡Lo odio!

Alguna vez fui un niño. El Tiempo entró a mi habitación y me arrancó todos los juguetes de la mano. Dios me ha llenado el corazón de flechas; la lengua es el arco que las dispara. No quiero defenderme. Quiero que me tumben, que me peguen un tiro en la nuca, no tener que participar de ninguna guerra. No quiero luchar.

–Chico, así no son las cosas –masculla Dios–. En algún momento vas a tener que pelear. Aposté veinte pavos a Satanás a que podías con esto. No te acojones ahora, que han venido los ángeles a verte. No te achiques. Como dicen en tu mundo, no seas marica. Sé de lo que estás hecho. ¡Te lo digo yo! Yo te creé. Sé qué clase de sangre corre por tus venas, las ideas que recorren tu cabeza, las imágenes que desfilan en tus ojos… Conozco cada virtud y cada defecto que encierra tu alma. Muchos te lo han dicho, y no les hiciste caso, pero podés ganar ésta y cualquier batalla…

–No quiero pelear. Yo sólo quiero estar al margen. Con mis opiniones marginales.

–No es mi problema. Ve al escenario. Pelea. Ármate de valor. Arriésgalo todo cada hora, cada día, cada segundo de tu vida…

–No puedo. Soy débil.

–He visto al más débil de los hombres reverdecer en la penumbra. No digas más excusas. Pelea.

–No quiero.

–¡Hazlo! ¡Pelea! ¡Escribe! ¡Vive!

Algún día, lo haré. Terminaré haciéndolo. Claro. Mirar detenidamente al otro y decir: ‘Disculpame, sos vos el que está equivocado’. Observar a la multitud y decir: ‘No, esto es lo que yo pienso’. Defenderme. Proteger, cuidar, amar. Vivir.

–¿Dios?

–Sí, ¿qué?

–¿Contra quién estoy peleando? Estoy solo en el escenario.

–Contra el miedo.

–¿Eso es todo?

–Si querés insultarme, adelante. Sé que quieres hacerlo. No me importa. ¿Sabés cuántos insultos recibo al día? No me interesa que lo sepas. Chico, creéme, tus opiniones valen, y mucho. Si no, no te hubiese dado voz para que hables ni manos para que escribas. No te quedes en el margen. Y no te preocupes por el centro. No hay nada en el centro y vos lo sabés. El centro no es un lugar de poder, no es un trono de oro. Es la posición que tenés que tomar cuando tengas que defender a alguien o abordar un gran proyecto de vida. Tenés que estar en el centro, tomar al toro por los cuernos, y otras frases de los humanos que ni me acuerdo.

–¿Entonces…?

–No hagas demasiadas preguntas. Ahora dime, ¿el otro tiene razón?

Silencio.

–¿Julián?

–¿Ajá? ¿Sí? ¿Qué?

–¿El miedo tiene razón?

–Bueno… No… No del todo.

–¿La tiene o no la tiene?

–No… No, Señor…

–¿Quién tiene la razón?

–Supongo que… Vos…

–No. Vos. Demuéstrale que tienes razón.

Que mis opiniones sigan siendo marginales, que mis acciones sean las palabras centrales. Algún día, estaré en el centro del escenario. No se trata de ser famoso o espiritual. No soy ninguna de las dos cosas y jamás lo seré. Se trata de respirar hondo y decirles a todos: ‘No. Yo no soy lo que ustedes dicen que soy. Yo soy un hombre. Y no un perdedor como decís vos bien por lo bajo.’

Este ‘algún día’ puede ser hoy. ¿Quién sabe?

Sólo por hoy, te voy a dar la razón, y diré que sí, que estoy un poquito equivocado. Pero sólo por hoy… Mañana, quizás, no tengas tanta suerte.

sábado, 27 de septiembre de 2014

El hombre que sí quería estrechar manos

Una de las características de Sombra es estar ausente en las situaciones extremas. Por ejemplo, anoche, cuando un borracho se subió al colectivo en Villa Luro y me dirigió la palabra. ¡Con lo mucho que me disgustan estos bacantes seres de mirada vidriosa y aliento mal perfumado!

En lo único que piensa uno después de trabajar, sea el trabajo que sea, es en volver a casa. Lo último que desea para terminar la jornada es en conversar con un tipo que, a medio camino del coma etílico, balbucea frases insoportables, tales como: ‘Tengo un hijo de cinco años’, ‘Yo robé, fumé y fui en cana’, ‘Me llamo Facundo’, ‘¿No tenés hijos? La tenés que poner más seguido, así vas a tener un montón…’

Muy poco cristiano de mi parte efectuar esta oprobiosa descripción. Se me apagó la conciencia y no pude hacer otra cosa que escuchar cortésmente los delirios de un alcohólico. Tampoco soy un santo. Cuando me preguntó el nombre, le dije que me llamaba Santiago. Supongo que esa mentira, con el desdén y el temor implícito con que la pronuncié, cuenta como pecado.

Me resulta imposible creer como personalidades como Baudelaire elogian los efectos del vino sobre los hombres. Verso siempre sobre el exceso, no la moderación. Critico al vino en cajita, no al fino, al embotellado, a la cosecha del año del Congo que se toma Russell Crowe en no sé qué película. ¿Me imaginan a mí ebrio? ¡Puaj!

El borracho monologó hasta Ciudadela, donde se bajó no sin antes estrecharme la mano varias veces. Cuando por fin desapareció, pude relajarme y decirme a mí mismo: ‘Acá tenés una buena historia.’

Y escribo, eso sí, sin una sola gota de alcohol en la sangre.

lunes, 22 de septiembre de 2014

El señor P. está bueno

Un fenómeno inquietante en las grandes universidades es la proliferación de seres que prefiguran la definitiva dilapidación del docente tal como lo conocemos. El tema de hoy: la belleza de los profesores jóvenes.

Ninguna institución educativa parece prescindir de este estereotipo de instructor platónico: porteños Narcisos enfundados en camisas cuadriculadas que empujan la ciencia por la garganta a sus alumnas con tal gracia retórica que, al lado de ellos, el mismísimo Pericles deviene en poroto discursivo.

Tienen una lengua dorada y bien afilada en el arte de la oratoria: hasta los chistes eventuales parecen haber sido escritos por las musas del Olimpo. Despiertan la ternura de la estudiante más abombada esta poderosa combinación de simpatía elocuencia y buena presencia en un solo espécimen masculino. De pronto, a todas les apasiona el tema más indigerible: los componentes del sistema linfático, la presidencia de Arturo Illia o el posestructuralismo francés.

En mi condición de varón heterosexual me es imposible ver lo que ven las mujeres en los individuos de esta clase. Para la realización de este curioso manuscrito me bastó acudir a una fuente pura y directa: los comentarios de la sección femenina de las aulas universitarias, los comentarios aislados y los foros marginales.

El cuatrimestre pasado conversaba con una estudiante acerca de los métodos de enseñanza del señor P.

–El profesor está RE-bueno.

Subraye el lector el prefijo ‘RE’.

–Sí, enseña muy bien –dije yo.

–Sí, pero está RE-bueno.

Cuando llega ‘ese’ profesor, todas quieren dar el oral. El examen oral, digo.

Si mal no recuerdo, en el segundo libro de la saga de Harry Potter es visible el arquetipo de guapo docente, encarnado en el personaje de Gilderoy Lockhart. Las chicas suspiraban por él. En Buenos Aires, en cambio, las damas prácticamente jadean, gimen y se excitan ante la perfecta encarnación de todos sus ideales. Pues, ¿quién no quiere un hombre atractivo, locuaz y, encima, inteligente?

Que las lectoras no me consideren un misógino o un machista por este artículo. Escribo lo que veo, lo que sucede en mi diario devenir. Y lo que aquí he presentado es una fantasía más recurrente de lo que piensan. No seamos hipócritas o exhibidores de una falsa modestia cuando en realidad sabemos que más de una quiere cepillarse al de Química.

O soy honesto, o soy rebuscado. De todas maneras, el señor P. ‘está bueno’. Y si mis palabras a la realidad no se adhieren, que se las lleve el viento.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Comentario antiprimaveral

La tentación de escribir acerca de la primavera inyecta temblores en mis manos perezosas. No quiero, sin embargo, afanarme en la descripción de las flores o los inútiles verdores. Dejo a cargo esta labor a los verdaderos poetas. Yo sólo soy un chico que del color de la esperanza se burla y se queja.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Después de una larga ausencia

Después de una larga ausencia, regreso a mi río de tinta virtual. Éste es un retorno funesto: las esperanzas que llevo en el bolsillo son billetes marchitos como flores de tiempo. Ya no las puedo canjear por cualquier cosa, entregarlas a cualquier posibilidad…

No puedo escribir demasiado esta noche. Tan fatigado, tan harto de mí, tan asqueado me siento… Y me interrumpo, para no vomitar sobre las faz de las engañosas aguas eléctricas, para no contaminar mi falso medio ambiente.


Después de una larga ausencia… Escribo.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Incomprensión

–¿Cómo vas a ayudar a las personas con ‘esa’ mentalidad? –sentencia mi madre, y acaba la discusión.

No puedo exponer aquí el tema del debate. Estaba enojado. Su última frase fue una puñalada al corazón. Bajé un poco el tono de voz, intenté descomponer mis argumentos ya rotos.

–Dejá, seguí estudiando, vos no me comprendés –dice mi madre.

Es verdad. No sólo no la comprendo a ella. No comprendo a nadie.

Se fue a la cocina. Para ella, estoy estudiando, cuando en realidad estoy escribiendo y fingiendo que sus palabras no me hirieron.

¿Por qué expresar aquí mi pequeña miseria cotidiana, a riesgo de macular la imagen de mi benévola progenitora? Tantas veces me censuré a mí mismo, taché opiniones marginales que podían ser nocivas o tóxicas para algunos lectores que yo conozco, aborté centenares de prosas con el aguijón de mi conciencia.

Por mi mentalidad. La mentalidad de un pasajero que tren que no quiere soltar una moneda de un peso para dársela a un mendigo ferroviario que sólo pide diez centavos; y, sin embargo, este mismo pasajero, al regresar a casa, escribe sobre el bien, sobre la literatura, sobre Dios…

Un hipócrita, donde quiera que se lo mire. Y ese hipócrita soy yo.

Y así me siento ahora. No soy bueno, nunca lo he afirmado. Y siento que ella, en su cólera efímera, me dijo una verdad. No la comprendo. No comprendo del todo a nadie en este mundo. Sin importar cuántas veces choque mi cuerpo con los peatones de la avenida, no estoy más cerca del corazón de la humanidad por deslizarme en una multitud caliente.

¿Cómo voy a ayudar a las personas con ‘esa’ mentalidad? ¿La mentalidad de un hombre que no mueve un pelo por nadie y sin embargo desea una revolución nacional?

Mi familia no lee lo que escribo. No quiero que sepan que tengo corazón. Que me vean como el pecador juvenil y deficiente que soy, como un estudiante marchito, un adolescente atravesado de frases bíblicas…


No estoy feliz esta mañana. Y mucho me temo, si buscabas consuelo en mis palabras, no puedo ayudarte. Hoy ni siquiera me comprendo a mí mismo.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El País de los Conejos Blancos

El transporte público es la columna vertebral de la sociedad moderna. Un paro de colectivo o una demora en el sistema ferroviario basta para colapsar la frágil línea que separa al hombre común de la desesperación absoluta.

¿Exagero? No. El día de ayer, a bordo del ferrocarril Sarmiento, el tren se detuvo en Castelar. La tensión comenzó a morder los talones de los pasajeros. El nerviosismo se transforma en irritación; irritación que, en un puñado de horas, con las condiciones necesarias, puede estallar en una insurrección. Acontecimiento que, divinamente, no tuvo lugar ayer. A lo sumo, viajeros que descienden al andén, montados en cólera; a lo sumo, vendedores ambulantes que discuten con los compradores o amigos ausentes que, en la parálisis motorizada, se reencuentran.

Dad al pueblo un coche nuevo, y apaciguarás las aguas de la ira. Quitádselo, y el mundo se puede ir al caño…

El corazón de los argentinos depende del funcionamiento del colectivo. Si se detiene el bondi, se detiene el Universo. Y las calles se transforman en pinturas abstractas, grises representaciones del caos, personas amontonándose en las esquinas, puños cerrados en bolsillos nocturnos.

Un sábado, a las tres y media de la mañana, vomitados de una tempestad urbana, mi padre y yo llegamos a casa. No sé cuántas horas dormí. Solo sé que me levanté temprano para ir a la Facultad. Y me desperté con ganas de estrangular todo lo que tuviese vida.

Buenos Aires y el deterioro de los sistemas de transporte son hermanos siameses, números de una ecuación irresoluble, qué se le va a hacer. Es el País de los Conejos Blancos. Todos corremos el riesgo de llegar tarde a la partida de croquet de la Reina de Corazones y que nos decapiten. La diferencia es que a nosotros, los argentinos, ya nos cortan la cabeza en el momento en que pronuncian la palabra ‘paro’.

Y es allí, después de ver a un sindicalista o un funcionario, cuando dejamos de ejercer el rol de Conejos Blancos, nos llevamos una corona de ascuas al carnal cráneo y gritamos al líder de los huelguistas…

–¡CÓRTENLE LA CABEZA!

Es una pena que la Sociedad Argentina de Decapitaciones no exista aún en nuestro país. ¡Hay tanto pescuezo por cortar y tantas calaveras por estrenar!


De todas maneras, es un hermoso país. Es lo que tenemos.

jueves, 4 de septiembre de 2014

A las puertas de la Facultad

Una mujer irrumpió en la clase de Literatura Latinoamericana para pedir unas monedas a los alumnos. La excusa era un problema de salud (“se me reventó un folículo” o “se me explotó un forúnculo”, dijo) y requería inmediatamente acudir a la farmacia más cercana. La profesora de la noche, una dama embarazada, se mostró a todas luces contrariada.

–Por favor, siéntese –dijo la docente.

–Es que no me puedo sentar –dijo la mendiga enferma.

La clase retomó, trémula, su decurso. Yo, sentado las últimas filas, preparé un cauteloso numisma. La señora recorrió los bancos ocupados, a pasos torcidos pero con llamativa prisa, y el tintineo de los centavos al chocar entre sí en las palmas de la mujer llenaba toda la sala. La vi a la distancia: la mata de pelo grisáceo, la tez cetrina, el rostro arrugado. La voz que salía de la garganta era una cacofonía rasposa y agónica de anciana dolida.

Esto sucedió el día de ayer en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Y sucede con mucha frecuencia. Niños que reparten tarjetas, que ingresan al comedor público del subsuelo para husmear los comestibles, vagabundos que no sólo se pueden ver en los nuevos vagones del Ferrocarril Sarmiento, sino que amplifican el itinerario de súplicas en aulas devenidas en escenarios de pobreza.

Los académicos debaten sobre marxismo mientras la marginalidad recorre, con su mugre y su baba caliente, los pasillos de la institución. ¿Cómo nadie no los ha visto entrar? ¿Es natural estas interrupciones en nuestras vidas estudiantiles? Admitimos estos pequeños episodios de miseria como escenarios naturales en la búsqueda del conocimiento.


Y sí, es natural, amigos míos, sí. Cruza la Avenida Rivadavia, recorre la calle Puán. Mira a un costado, en la esquina más oscura, más umbría, más sucia. En algún lugar hay un colchón. Y dos personas durmiendo en él. A las puertas de la Facultad…

miércoles, 3 de septiembre de 2014

¿Es la Biblia un libro de autoayuda?

Ayer tuve una conversación interesante con una jovencita acerca de la Biblia. Ella, razonablemente recelosa de las instituciones religiosas, equiparaba las Sagradas Escrituras con los libros de autoayuda de Paulo Coelho. Le perdoné la comparación, por supuesto: las tradiciones fundamentalistas y los televangelistas por televisión pormenorizan involuntariamente el valor literario de los Evangelios, en su pugna metafísica por la salvación colectiva de almas.

Cuando me convertí al cristianismo, la historia que más me impresionó fue el libro de Job. Un relato “hermosísimo” acerca de un hombre que, después de la pérdida de sus posesiones materiales, el asesinato a sangre fría de sus hijos y una enfermedad cutánea, arroja quejas a Dios, diciendo: Señor, ¿por qué me pasa esto a mí?

Perezca el día en que yo nací… Sea aquel día sombrío, y no cuide de él Dios desde arriba… ¿Por qué no fui escondido como abortivo, como los pequeñitos que nunca vieron la luz?

Después de leer a Job, o te convertís o te pegás un tiro. Pero uno se siente plenamente identificado con este personaje bíblico, antes que con Abraham o con Josué.

La pregunta del día: ¿Es la Biblia un libro de autoayuda?

Yo digo: ‘No’.  Y agrego: ‘Yo vindico el valor de la Biblia como corpus literario, filosófico y moral; más allá de las transformaciones del texto y las traducciones ineficaces’. Mas otra voz, con toda legitimidad, puede preguntar: ‘Pero, ¿acaso los cristianos no dicen a las personas que tienen un problema que lean la Biblia?’ Ante lo cual quedo con la boca abierta, porque siempre pensé que –no sólo los cristianos, ojo– los hombres de buena fe, en vez de recomendarte libros en tiempos de necesidad, te daban una palmada en el hombro y una mano solidaria.

En este caso, soy el peor ejemplo de cristiano que puede haber. Porque, cuando un anónimo acude a mí bajo diversas cuestiones, no le digo: ‘Mirá, lee la Biblia’ o ‘La Biblia dice que…’

En cambio, olvidándome de mi propia religión, me quedo como un estúpido escuchando las angustias de mi prójimo, y en vez de decirle: ‘Mirá, me parece que te estás equivocando, que tenés un pecado qué confesar’, yo digo: ‘No te preocupes, esto pasará’. Y el tipo se va contento. Sí, lo sé. Soy un pésimo predicador.

La Biblia no es un libro de autoayuda, y este pormenor, en mi vida religiosa, constituye un problema. Porque no utilizo las palabras de Jesús para condenar o para juzgar, vigilar o castigar. Porque, en vez de construirme como evangelista, me hago a un costado y dejo a otros vivir como se les dé la gana en su absoluto libre albedrío. Si hay un Juez en los Cielos que no olvida ni a la más pequeña de las criaturas de la Tierra, no tiene objeto que yo, siendo argentino y prosélito y joven, diga a otros lo que deben hacer con sus vidas.

Y cuando un piadoso cristiano me dice:

–Julián, Dios hará cosas grandes con tu vida…

Yo pienso:

Señor, mandame a la Puna si querés. Pero si me ponés por juez, jurado y verdugo sobre una mujer u hombre libre, me dejo crucificar.

Me apena mucho que los miembros de mi generación no lean Job, el Cantar de los Cantares o el Evangelio de Juan. No para reforzar la hegemonía de un cristianismo ya propagado a lo largo de los continentes. La Biblia es un delta de ríos de tinta, de recursos poéticos, de estrofas inspiradoras y desalentadoras, de historias arquetípicas y majestuosas. Sin embargo, en los últimos siglos, se la ha propugnado tanto como libro de autoayuda que el lector vulgar e incluso las comunidades religiosas masivas han destruido su valor literario.

Concluyo esta opinión marginal con una anécdota. Un conocido amigo mío, empedernido fanático de Racing Club, me relató un viaje en tren en el cual se encontró con un pasajero aparentemente evangélico que leía la Biblia.

–Sí, esa gente está loca… –comentó, entre dientes.

Tragué saliva esa noche. Jesucristo y Saramago reposan sin conflictos en mi corazón. Por lo demás, mientras mi vida sea un continuo péndulo de pequeños contratiempos y grandes tiempos de paz, mientras me deleite con Stephen King y Sor Juana por igual, no necesitaré batallar contra mí mismo. O contra los paradigmas que insinúan que los creyentes no pueden escribir ni leer.

martes, 2 de septiembre de 2014

La sensación de inseguridad



Una profesora de Lengua y Literatura describe así, en su perfil de Facebook, un episodio de inseguridad. Inmediata solidaridad y confraternidad de todos los familiares, allegados e incluso contactos virtuales. Que un asaltante amenace a un conductor a mano armada, mientras el resto de los miembros de la familia presencian el infortunado acto, no es la más deseable de las escenas cotidianas.

No hay argentino que pueda negar la inseguridad. Y quien la niegue, no es argentino.

Si hay algo que nos caracteriza es el sentimiento de intranquilidad que se apodera de los ciudadanos cada vez que se nos informa de un robo o un asesinato. El miedo es la sangre de la ciudad. Nadie sale del hogar de la misma manera una vez que te arrancan el celular de las manos o te apuntan con una pistola. No es la pérdida material, es la posibilidad de perder a un ser querido o incluso de perder la propia vida en el asalto.

Una vez que ponemos un pie en la calle, en lo único que pensamos es en volver a casa. Y este terror es un patrimonio colectivo, inseparable y constitutivo de nuestra condición humana.

Escribo desapasionadamente, con la prosa en frío, para no exaltarme y para no manchar con improperios el latido de mi discurso. ‘Hay que matar a esos negros de…’ o ‘La pena de muerte’  son los tópicos que elijo esquivar en mis miserables párrafos. Lo que procuro retratar es la pregunta que todas las víctimas de delito se hacen después del atroz acto: ‘¿Hasta cuándo…?’  ‘¿Cómo es posible…?’ ‘¿Por qué el Gobierno no…?’

Y todo este laberinto de emociones encontradas forma parte de nuestra vida cotidiana.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Los triunfos del tiempo

¿Puedo dedicar diez minutos de mi tiempo para escribir una nota grata? Sí, puedo. Una cosa es creer que uno no tiene tiempo para escribir, y otra, escribir efectivamente.

Uno cree que no tiene tiempo para hacer lo que más le gusta. Estas presuposiciones no son más que meras ilusiones de calendario. Sí, tenemos tiempo. Usted tiene tiempo para leer esto, yo para escribirlo. Usted tiene tiempo para estar con sus amigos, y yo con mi familia. Siempre hay un hueco en la rutina que podemos aprovechar para transformar el infierno del aburrimiento en un Paraíso.

Que la mayoría de las personas “desperdicie” su tiempo es harina de otro costal. (Una compañera de estudios sentenció pretenciosamente que “no hay tiempo desperdiciado, sólo mal invertido.”)

Que usted “desperdicie” su tiempo leyendo esto me hace un poquito feliz. Me pone contento saber que el tiempo que yo “desperdicié” escribiendo esto llama la atención de ojos secretos. Es allí cuando desaparece la idea de “perder el tiempo”.

Sin mucho más que decir, estimadísima lectora y amabilísimo lector, le insto a ustedes a perder tiempo. A disfrutarlo. A invertirlo. A gozarlo. Si hay algo que usted siempre quiso hacer, hágalo sin restricciones.

Si la gente cree que es una pérdida de tiempo escribir, arrojaré mis horas al viento con mucho gusto, dibujando ilusiones de tinta y fabricando circos de prosa. El arte no tiene desperdicio. En la literatura y las letras no hay posibilidad de insatisfacciones.


Si algo te hace feliz, entonces, eso es, más que una pérdida, un triunfo de tiempo.