jueves, 4 de septiembre de 2014

A las puertas de la Facultad

Una mujer irrumpió en la clase de Literatura Latinoamericana para pedir unas monedas a los alumnos. La excusa era un problema de salud (“se me reventó un folículo” o “se me explotó un forúnculo”, dijo) y requería inmediatamente acudir a la farmacia más cercana. La profesora de la noche, una dama embarazada, se mostró a todas luces contrariada.

–Por favor, siéntese –dijo la docente.

–Es que no me puedo sentar –dijo la mendiga enferma.

La clase retomó, trémula, su decurso. Yo, sentado las últimas filas, preparé un cauteloso numisma. La señora recorrió los bancos ocupados, a pasos torcidos pero con llamativa prisa, y el tintineo de los centavos al chocar entre sí en las palmas de la mujer llenaba toda la sala. La vi a la distancia: la mata de pelo grisáceo, la tez cetrina, el rostro arrugado. La voz que salía de la garganta era una cacofonía rasposa y agónica de anciana dolida.

Esto sucedió el día de ayer en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Y sucede con mucha frecuencia. Niños que reparten tarjetas, que ingresan al comedor público del subsuelo para husmear los comestibles, vagabundos que no sólo se pueden ver en los nuevos vagones del Ferrocarril Sarmiento, sino que amplifican el itinerario de súplicas en aulas devenidas en escenarios de pobreza.

Los académicos debaten sobre marxismo mientras la marginalidad recorre, con su mugre y su baba caliente, los pasillos de la institución. ¿Cómo nadie no los ha visto entrar? ¿Es natural estas interrupciones en nuestras vidas estudiantiles? Admitimos estos pequeños episodios de miseria como escenarios naturales en la búsqueda del conocimiento.


Y sí, es natural, amigos míos, sí. Cruza la Avenida Rivadavia, recorre la calle Puán. Mira a un costado, en la esquina más oscura, más umbría, más sucia. En algún lugar hay un colchón. Y dos personas durmiendo en él. A las puertas de la Facultad…

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