sábado, 27 de septiembre de 2014

El hombre que sí quería estrechar manos

Una de las características de Sombra es estar ausente en las situaciones extremas. Por ejemplo, anoche, cuando un borracho se subió al colectivo en Villa Luro y me dirigió la palabra. ¡Con lo mucho que me disgustan estos bacantes seres de mirada vidriosa y aliento mal perfumado!

En lo único que piensa uno después de trabajar, sea el trabajo que sea, es en volver a casa. Lo último que desea para terminar la jornada es en conversar con un tipo que, a medio camino del coma etílico, balbucea frases insoportables, tales como: ‘Tengo un hijo de cinco años’, ‘Yo robé, fumé y fui en cana’, ‘Me llamo Facundo’, ‘¿No tenés hijos? La tenés que poner más seguido, así vas a tener un montón…’

Muy poco cristiano de mi parte efectuar esta oprobiosa descripción. Se me apagó la conciencia y no pude hacer otra cosa que escuchar cortésmente los delirios de un alcohólico. Tampoco soy un santo. Cuando me preguntó el nombre, le dije que me llamaba Santiago. Supongo que esa mentira, con el desdén y el temor implícito con que la pronuncié, cuenta como pecado.

Me resulta imposible creer como personalidades como Baudelaire elogian los efectos del vino sobre los hombres. Verso siempre sobre el exceso, no la moderación. Critico al vino en cajita, no al fino, al embotellado, a la cosecha del año del Congo que se toma Russell Crowe en no sé qué película. ¿Me imaginan a mí ebrio? ¡Puaj!

El borracho monologó hasta Ciudadela, donde se bajó no sin antes estrecharme la mano varias veces. Cuando por fin desapareció, pude relajarme y decirme a mí mismo: ‘Acá tenés una buena historia.’

Y escribo, eso sí, sin una sola gota de alcohol en la sangre.

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