domingo, 7 de septiembre de 2014

El País de los Conejos Blancos

El transporte público es la columna vertebral de la sociedad moderna. Un paro de colectivo o una demora en el sistema ferroviario basta para colapsar la frágil línea que separa al hombre común de la desesperación absoluta.

¿Exagero? No. El día de ayer, a bordo del ferrocarril Sarmiento, el tren se detuvo en Castelar. La tensión comenzó a morder los talones de los pasajeros. El nerviosismo se transforma en irritación; irritación que, en un puñado de horas, con las condiciones necesarias, puede estallar en una insurrección. Acontecimiento que, divinamente, no tuvo lugar ayer. A lo sumo, viajeros que descienden al andén, montados en cólera; a lo sumo, vendedores ambulantes que discuten con los compradores o amigos ausentes que, en la parálisis motorizada, se reencuentran.

Dad al pueblo un coche nuevo, y apaciguarás las aguas de la ira. Quitádselo, y el mundo se puede ir al caño…

El corazón de los argentinos depende del funcionamiento del colectivo. Si se detiene el bondi, se detiene el Universo. Y las calles se transforman en pinturas abstractas, grises representaciones del caos, personas amontonándose en las esquinas, puños cerrados en bolsillos nocturnos.

Un sábado, a las tres y media de la mañana, vomitados de una tempestad urbana, mi padre y yo llegamos a casa. No sé cuántas horas dormí. Solo sé que me levanté temprano para ir a la Facultad. Y me desperté con ganas de estrangular todo lo que tuviese vida.

Buenos Aires y el deterioro de los sistemas de transporte son hermanos siameses, números de una ecuación irresoluble, qué se le va a hacer. Es el País de los Conejos Blancos. Todos corremos el riesgo de llegar tarde a la partida de croquet de la Reina de Corazones y que nos decapiten. La diferencia es que a nosotros, los argentinos, ya nos cortan la cabeza en el momento en que pronuncian la palabra ‘paro’.

Y es allí, después de ver a un sindicalista o un funcionario, cuando dejamos de ejercer el rol de Conejos Blancos, nos llevamos una corona de ascuas al carnal cráneo y gritamos al líder de los huelguistas…

–¡CÓRTENLE LA CABEZA!

Es una pena que la Sociedad Argentina de Decapitaciones no exista aún en nuestro país. ¡Hay tanto pescuezo por cortar y tantas calaveras por estrenar!


De todas maneras, es un hermoso país. Es lo que tenemos.

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