lunes, 22 de septiembre de 2014

El señor P. está bueno

Un fenómeno inquietante en las grandes universidades es la proliferación de seres que prefiguran la definitiva dilapidación del docente tal como lo conocemos. El tema de hoy: la belleza de los profesores jóvenes.

Ninguna institución educativa parece prescindir de este estereotipo de instructor platónico: porteños Narcisos enfundados en camisas cuadriculadas que empujan la ciencia por la garganta a sus alumnas con tal gracia retórica que, al lado de ellos, el mismísimo Pericles deviene en poroto discursivo.

Tienen una lengua dorada y bien afilada en el arte de la oratoria: hasta los chistes eventuales parecen haber sido escritos por las musas del Olimpo. Despiertan la ternura de la estudiante más abombada esta poderosa combinación de simpatía elocuencia y buena presencia en un solo espécimen masculino. De pronto, a todas les apasiona el tema más indigerible: los componentes del sistema linfático, la presidencia de Arturo Illia o el posestructuralismo francés.

En mi condición de varón heterosexual me es imposible ver lo que ven las mujeres en los individuos de esta clase. Para la realización de este curioso manuscrito me bastó acudir a una fuente pura y directa: los comentarios de la sección femenina de las aulas universitarias, los comentarios aislados y los foros marginales.

El cuatrimestre pasado conversaba con una estudiante acerca de los métodos de enseñanza del señor P.

–El profesor está RE-bueno.

Subraye el lector el prefijo ‘RE’.

–Sí, enseña muy bien –dije yo.

–Sí, pero está RE-bueno.

Cuando llega ‘ese’ profesor, todas quieren dar el oral. El examen oral, digo.

Si mal no recuerdo, en el segundo libro de la saga de Harry Potter es visible el arquetipo de guapo docente, encarnado en el personaje de Gilderoy Lockhart. Las chicas suspiraban por él. En Buenos Aires, en cambio, las damas prácticamente jadean, gimen y se excitan ante la perfecta encarnación de todos sus ideales. Pues, ¿quién no quiere un hombre atractivo, locuaz y, encima, inteligente?

Que las lectoras no me consideren un misógino o un machista por este artículo. Escribo lo que veo, lo que sucede en mi diario devenir. Y lo que aquí he presentado es una fantasía más recurrente de lo que piensan. No seamos hipócritas o exhibidores de una falsa modestia cuando en realidad sabemos que más de una quiere cepillarse al de Química.

O soy honesto, o soy rebuscado. De todas maneras, el señor P. ‘está bueno’. Y si mis palabras a la realidad no se adhieren, que se las lleve el viento.

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