martes, 30 de septiembre de 2014

En el centro del escenario

Una de las características que menos me favorecen es la ininterrumpida tendencia a dar la razón a todas las personas que no sean yo. Se me detiene en medio de una faena para indicarme en qué aspectos de mi vida estoy equivocado. Y yo, en vez de discutir, en vez de defender lo que realmente creo, pienso o siento, agacho la cabeza y digo: ‘Sí, la verdad, tenés razón’.

Entonces, el otro se retira contento, creyendo que le ha hecho un favor al mundo al enderezar a este pobre cristiano con su interesante dialéctica. A lo largo de todos estos años le he dado la razón a tantas personas que a veces olvido diferenciar los buenos consejos de las palabras mal intencionadas. Es más: olvido casi siempre que quienes me interpelan son seres humanos, y no enviados de Dios destinados a corregir mis desviaciones.

Mis opiniones no valen nada; o, al menos, es lo que siempre he sostenido de mi propia voz. Si mis artículos tienen valor, es porque usted, lectora o lector humilde, con el interés de sus ojos se lo conceden. ¿Por qué creen que he bautizado a esta serie de textos con el nombre de ‘Opiniones Marginales’? Yo me detengo a un costado de la carretera, me coloco al margen de todas las cosas y las observo con cobardía. No me siento el protagonista de ninguna historia. Ser el personaje principal de la película es un trabajo demasiado pesado para mis miedosos hombros; yo sólo quiero ser un actor de reparto, nada más.

Me escondo tras bambalinas, escribo poemas berretas y no tengo que rendir explicaciones a nadie acerca de lo que pienso, siento y creo. No tengo por qué entrar en vanas disputas ni guerras inútiles. Si me decís que estoy equivocado en tal cosa, te lo acepto. Si me decís que soy un idiota con todas las letras del abecedario, no sólo te doy la razón, sino que te aplaudo y te entrego un cheque por un millón de pesos para que lo gastes en lo que se te dé la gana.

Pero si me decís que soy un escritor genial, te lo discuto. Eso sí te lo discuto. Eso es un insulto a Poe y a Shakespeare. No, no soy un escritor genial. No, tampoco soy una buena persona. ¿Cristiano? ¡Peor! Los de la Inquisición eran más simpáticos que yo. ¿Buen hermano? ¿Yo? ¿Buen hijo? Si mi familia te contara las estupideces que digo y hago la mayor parte del día. ¿Respetuoso? Cobarde, querrás decir. ¿Artista? ¡Jamás!

Usted leerá todo esto y dirá: ‘Pero este pibe se está tirando abajo en todo momento’. Por supuesto que sí, soy un depresivo en recuperación. Si me hubiese conocido a los quince, señor: la melancolía adolescente estaba en su máximo apogeo y cada dos por tres pensaba en apretarme un cuchillo contra el cuello. Los tiempos pasados no fueron mejores. No importa. Reservo estos párrafos para otra historia.

‘El acto más importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos’, sentenció Camus. ¡Cuánta razón tenía el tipo! (Hasta al autor de ‘El extranjero’ le concedo la razón, ¿lo ven?) Y pensar que algunos de mis seres queridos consideraban seriamente la posibilidad de imitar a Sócrates y beber la cicuta final. Si usted se enoja porque menciono cada tres líneas al Dios de los cristianos, es sencillamente por esto: mi familia ha vivido al margen, en el límite, en una constante asfixia… Y Jesucristo tuvo misericordia de nosotros, tocó el corazón de mi madre, le susurró al oído bellas palabras. Y cuando ella apareció en el interior de una iglesia evangélica, el Hijo de Dios entró a su casa, recorrió el living y vio que la mujer tenía un esposo, dos hermosos hijos y un primogénito muy feo.

El tipo feo era yo, por supuesto. Y Dios, con una sonrisa de satisfacción, dijo: ‘Bueno, el burro por delante, ¿qué tenemos aquí?’

Mi familia ha vivido al margen de todo. Es lógico que yo haya heredado una visión marginal de la vida. No me drogo, no fumo, no bebo, no salgo a bailar, no tengo muchas amistades, no he sufrido demasiado para dar un consejo acerca de cómo combatir el sufrimiento. Estoy al margen. No sé mucho acerca de nada, sino un poquito de cada cosa. Escribo lo que veo. Lo que yo pienso, lo que yo siento, lo que yo creo, lo que yo vivo, no le tiene por qué interesar a nadie.

Escribo y punto.

No se compadezca de mí. A lo largo de este artículo no he hecho más que victimizarme y martirizarme. Es la estrategia clásica a la que recurro siempre. ‘Ay, yo estoy marginado de todo, mi opinión no vale nada’. Una amiga mía dijo una vez: ‘La humildad es una forma de vanidad’. ¿Así era la frase? No me acuerdo. Al menos, en mis años de secundaria, he ejercitado mucho el arte de dar pena. ‘¡Pobre chico!’ Y yo me victimizaba –y me victimizo, es un vicio, créalo– para recibir lisonjas de otros, para que el otro refuerce mi autoestima con palabras dulzonas.

¡Caramba! Tengo que cortar con esta adicción, acabar con este juego de mártires, que me está agotando la paciencia.

Estoy al margen porque quiero estar al margen. No me gusta el centro del escenario. Lo detesto. Pero, tarde o temprano, en alguna instancia de mi vida, tengo que estar en el centro. Para defender a quienes amo. Para leer lo que escribo. Para explicar lo que hablo. Para decir lo que pienso, siento y creo. Y, por una vez en mi vida, que el lector me dé la razón.

¡Odio estar en el centro! ¡Lo odio!

Alguna vez fui un niño. El Tiempo entró a mi habitación y me arrancó todos los juguetes de la mano. Dios me ha llenado el corazón de flechas; la lengua es el arco que las dispara. No quiero defenderme. Quiero que me tumben, que me peguen un tiro en la nuca, no tener que participar de ninguna guerra. No quiero luchar.

–Chico, así no son las cosas –masculla Dios–. En algún momento vas a tener que pelear. Aposté veinte pavos a Satanás a que podías con esto. No te acojones ahora, que han venido los ángeles a verte. No te achiques. Como dicen en tu mundo, no seas marica. Sé de lo que estás hecho. ¡Te lo digo yo! Yo te creé. Sé qué clase de sangre corre por tus venas, las ideas que recorren tu cabeza, las imágenes que desfilan en tus ojos… Conozco cada virtud y cada defecto que encierra tu alma. Muchos te lo han dicho, y no les hiciste caso, pero podés ganar ésta y cualquier batalla…

–No quiero pelear. Yo sólo quiero estar al margen. Con mis opiniones marginales.

–No es mi problema. Ve al escenario. Pelea. Ármate de valor. Arriésgalo todo cada hora, cada día, cada segundo de tu vida…

–No puedo. Soy débil.

–He visto al más débil de los hombres reverdecer en la penumbra. No digas más excusas. Pelea.

–No quiero.

–¡Hazlo! ¡Pelea! ¡Escribe! ¡Vive!

Algún día, lo haré. Terminaré haciéndolo. Claro. Mirar detenidamente al otro y decir: ‘Disculpame, sos vos el que está equivocado’. Observar a la multitud y decir: ‘No, esto es lo que yo pienso’. Defenderme. Proteger, cuidar, amar. Vivir.

–¿Dios?

–Sí, ¿qué?

–¿Contra quién estoy peleando? Estoy solo en el escenario.

–Contra el miedo.

–¿Eso es todo?

–Si querés insultarme, adelante. Sé que quieres hacerlo. No me importa. ¿Sabés cuántos insultos recibo al día? No me interesa que lo sepas. Chico, creéme, tus opiniones valen, y mucho. Si no, no te hubiese dado voz para que hables ni manos para que escribas. No te quedes en el margen. Y no te preocupes por el centro. No hay nada en el centro y vos lo sabés. El centro no es un lugar de poder, no es un trono de oro. Es la posición que tenés que tomar cuando tengas que defender a alguien o abordar un gran proyecto de vida. Tenés que estar en el centro, tomar al toro por los cuernos, y otras frases de los humanos que ni me acuerdo.

–¿Entonces…?

–No hagas demasiadas preguntas. Ahora dime, ¿el otro tiene razón?

Silencio.

–¿Julián?

–¿Ajá? ¿Sí? ¿Qué?

–¿El miedo tiene razón?

–Bueno… No… No del todo.

–¿La tiene o no la tiene?

–No… No, Señor…

–¿Quién tiene la razón?

–Supongo que… Vos…

–No. Vos. Demuéstrale que tienes razón.

Que mis opiniones sigan siendo marginales, que mis acciones sean las palabras centrales. Algún día, estaré en el centro del escenario. No se trata de ser famoso o espiritual. No soy ninguna de las dos cosas y jamás lo seré. Se trata de respirar hondo y decirles a todos: ‘No. Yo no soy lo que ustedes dicen que soy. Yo soy un hombre. Y no un perdedor como decís vos bien por lo bajo.’

Este ‘algún día’ puede ser hoy. ¿Quién sabe?

Sólo por hoy, te voy a dar la razón, y diré que sí, que estoy un poquito equivocado. Pero sólo por hoy… Mañana, quizás, no tengas tanta suerte.

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