miércoles, 3 de septiembre de 2014

¿Es la Biblia un libro de autoayuda?

Ayer tuve una conversación interesante con una jovencita acerca de la Biblia. Ella, razonablemente recelosa de las instituciones religiosas, equiparaba las Sagradas Escrituras con los libros de autoayuda de Paulo Coelho. Le perdoné la comparación, por supuesto: las tradiciones fundamentalistas y los televangelistas por televisión pormenorizan involuntariamente el valor literario de los Evangelios, en su pugna metafísica por la salvación colectiva de almas.

Cuando me convertí al cristianismo, la historia que más me impresionó fue el libro de Job. Un relato “hermosísimo” acerca de un hombre que, después de la pérdida de sus posesiones materiales, el asesinato a sangre fría de sus hijos y una enfermedad cutánea, arroja quejas a Dios, diciendo: Señor, ¿por qué me pasa esto a mí?

Perezca el día en que yo nací… Sea aquel día sombrío, y no cuide de él Dios desde arriba… ¿Por qué no fui escondido como abortivo, como los pequeñitos que nunca vieron la luz?

Después de leer a Job, o te convertís o te pegás un tiro. Pero uno se siente plenamente identificado con este personaje bíblico, antes que con Abraham o con Josué.

La pregunta del día: ¿Es la Biblia un libro de autoayuda?

Yo digo: ‘No’.  Y agrego: ‘Yo vindico el valor de la Biblia como corpus literario, filosófico y moral; más allá de las transformaciones del texto y las traducciones ineficaces’. Mas otra voz, con toda legitimidad, puede preguntar: ‘Pero, ¿acaso los cristianos no dicen a las personas que tienen un problema que lean la Biblia?’ Ante lo cual quedo con la boca abierta, porque siempre pensé que –no sólo los cristianos, ojo– los hombres de buena fe, en vez de recomendarte libros en tiempos de necesidad, te daban una palmada en el hombro y una mano solidaria.

En este caso, soy el peor ejemplo de cristiano que puede haber. Porque, cuando un anónimo acude a mí bajo diversas cuestiones, no le digo: ‘Mirá, lee la Biblia’ o ‘La Biblia dice que…’

En cambio, olvidándome de mi propia religión, me quedo como un estúpido escuchando las angustias de mi prójimo, y en vez de decirle: ‘Mirá, me parece que te estás equivocando, que tenés un pecado qué confesar’, yo digo: ‘No te preocupes, esto pasará’. Y el tipo se va contento. Sí, lo sé. Soy un pésimo predicador.

La Biblia no es un libro de autoayuda, y este pormenor, en mi vida religiosa, constituye un problema. Porque no utilizo las palabras de Jesús para condenar o para juzgar, vigilar o castigar. Porque, en vez de construirme como evangelista, me hago a un costado y dejo a otros vivir como se les dé la gana en su absoluto libre albedrío. Si hay un Juez en los Cielos que no olvida ni a la más pequeña de las criaturas de la Tierra, no tiene objeto que yo, siendo argentino y prosélito y joven, diga a otros lo que deben hacer con sus vidas.

Y cuando un piadoso cristiano me dice:

–Julián, Dios hará cosas grandes con tu vida…

Yo pienso:

Señor, mandame a la Puna si querés. Pero si me ponés por juez, jurado y verdugo sobre una mujer u hombre libre, me dejo crucificar.

Me apena mucho que los miembros de mi generación no lean Job, el Cantar de los Cantares o el Evangelio de Juan. No para reforzar la hegemonía de un cristianismo ya propagado a lo largo de los continentes. La Biblia es un delta de ríos de tinta, de recursos poéticos, de estrofas inspiradoras y desalentadoras, de historias arquetípicas y majestuosas. Sin embargo, en los últimos siglos, se la ha propugnado tanto como libro de autoayuda que el lector vulgar e incluso las comunidades religiosas masivas han destruido su valor literario.

Concluyo esta opinión marginal con una anécdota. Un conocido amigo mío, empedernido fanático de Racing Club, me relató un viaje en tren en el cual se encontró con un pasajero aparentemente evangélico que leía la Biblia.

–Sí, esa gente está loca… –comentó, entre dientes.

Tragué saliva esa noche. Jesucristo y Saramago reposan sin conflictos en mi corazón. Por lo demás, mientras mi vida sea un continuo péndulo de pequeños contratiempos y grandes tiempos de paz, mientras me deleite con Stephen King y Sor Juana por igual, no necesitaré batallar contra mí mismo. O contra los paradigmas que insinúan que los creyentes no pueden escribir ni leer.

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