martes, 28 de octubre de 2014

En búsqueda del aula perdida



El día de ayer –que coincidió con mi cumpleaños–, decidí ir a la Facultad, como todos los lunes. Para mi sorpresa, descubrí que el salón destinado a Literatura Española había sido reservado para otro acontecimiento estudiantil. De modo que todos los alumnos de la cursada recorrieron el edificio de pies a cabeza en búsqueda del aula perdida.

Fíjese. En una de las grandes instituciones universitarias de nuestra nación tiene lugar semejante atropello. Y nos autoproclamamos patria de progreso. Los baños atravesados por obscenidades escritas, las paredes maculadas de negras leyendas, las condiciones edilicias al borde de la putrefacción. Mi hermana se sorprendió que el cuarto y el quinto piso de la Facultad estén ‘privatizados’. Para estudiar idiomas extranjeros uno tiene que poner unos cuántos mangos, pero nos encajan cuatro unidades consecutivas de lenguas que no utilizaremos jamás. (Latín y griego. ¿Alguien me puede explicar para qué sirve el griego?)

Lo importante de esta anécdota es que, después de recorrer medio predio y desperdiciar media hora de clase, hallamos un aula vacía. Conjeturo que esta académica queja pasará desapercibida; me conformo con que mis lectores sepan que, por lo menos, en el establecimiento educativo de la calle Puán, estas cosas pasan.

Y con mucha frecuencia.

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