lunes, 6 de octubre de 2014

Que lo juzguen los lectores

La sensación de inseguridad de una notoria señora mayor me costó el grito directo de dos de los repartidores en la pizzería en la cual trabajo. Recibo una llamada de la calle Bonifacio, anoto el pedido, lo dejo en el mostrador. La voz del cliente insistió en que llamáramos antes de que saliera la pizza para que los comensales ejecutaran a tiempo el metódico ritual de descender al vestíbulo del edificio en cuestión para recibir el producto.

Los cocineros concluyen a tiempo la operación de extender la masa sobre una plataforma metálica circular, ejercitar una suerte de alquimia con la salsa de tomate y la muzzarella, introducir la amalgama alimenticia en el horno y confinarla en una prisión de cartón.

El pedido está listo. Llamo a la señora.

–Buenas noches, somos de la Pizzería. Queremos informarle que su pedido está a punto de salir…

–Pero mi marido ya está abajo. Lo llamaron a él por celular y ya bajó.

Quedo desconcertado. Les pregunto a mis compañeros de trabajo si habían hecho contacto previamente con el domicilio señalado. Les muestro la nota que tengo en la mano, con el número telefónico. Me dicen que no.

–Señora, su pedido recién está saliendo. Está yendo para allá. No se preocupe.

–Pero ya llamaron a mi marido. ¿No habrá sido una llamada falsa?

–¿Lo llamaron ya? No puede ser. El pedido ya está yendo para allá, no se preocupe.

El trabajo prosigue con normalidad. El teléfono suena otra vez. Es la señora de Bonifacio. Pregunta si la pizza ya salió.

–Señora, yo ya le llamé y le dije que su pedido ha salido.

–Ah, bueno.

Pensé que acá quedaba la cosa. Sin embargo, uno de los repartidores llegó al mostrador, me miró con perfidia, extendió un papel con todos los datos de un cliente que usted ya se imaginará cuál es, y me dijo:

–Che, ¿ya llamaron de acá?

Dudo, echo un vistazo a la nota y digo:

–Sí, ya llamaron, ya les dije que…

El buen hombre estaba enojado. Dijo que, cuando llegó al lugar, le rechazaron el pedido; la señora le dijo que había recibido una ‘llamada falsa’.

–¡Pero si yo le llamé! –dije, perfectamente desconcertado.

Mayor lío se produjo posteriormente cuando otra repartidora se hizo cargo de la tediosa misión de encontrarse con el fantasma de Bonifacio y lidió con un aguacero urbano nocturno que, no hace falta decirlo, la convirtió en una furia.

–¡Diez minutos bajo la lluvia! –me dijo– ¿Qué te pensás? ¿Que somos una porquería que va de acá para allá? ¡Somos personas!

Ahí no dije nada. A mí me enseñaron que a las mujeres no se les contesta.

‘Pero llamé dos veces’, pensaba. Lo que sucede es que en el laburo no importa lo que pienses. Importa lo que hagas. Además, ¿cómo voy a discutir y a ocupar mi tiempo en esgrimir una inútil defensa si hay dos teléfonos explotando por la llamada de famélicos porteños?

Seguramente, los repartidores –al menos, los que he mencionado en esta historia y, por sincero respeto y cortesía, anónimos los declaro en estos párrafos– tienen razón. Lo lógico es que el telefonista, el empleado de medio pelo estereotipado bajo la figura de un adolescente torpe, tenga la culpa.

Usted puede decirme: ‘Oiga, está hablando mal de su propio trabajo’. Por supuesto que no, a Dios agradecido estoy por esta oportunidad laboral. De hecho, si se fija bien en lo que acabo de narrar, entenderá que me estoy echando la carga a mí mismo por lo sucedido. No importa si yo tenga la razón o no. Y la mayoría de las veces, yo no la tengo.

La repartidora que tan encolerizada se mostró me despidió con una sonrisa a la salida del establecimiento, lo cual demuestra cuán pasajeras pueden ser las cóleras.

‘De acuerdo, supongo que me equivoqué –pienso, con la cara contorsionada por un inextricable malestar; una cara que, a medida que el colectivo en el cual viajo me acerca cada vez más a casa, se transforma en una mueca de felicidad irracional–. Sí, claro, por supuesto que me equivoqué. Supongo que, si esto solamente ha sido fruto de mi falla humana, entonces, puedo escribirlo con total impunidad y publicarlo. Si ellos no me creen –y es aquí donde culmina la ironía–, supongo que menos me creerán mis pobres lectores.’

¿Sabe por qué le doy la razón a todo el mundo? Es porque detrás de los ojos de este telefonista se esconde un escritor en potencia. No porque su exiguo talento se asemeje al de los grandes autores de este siglo, sino por el estilo asesino que blande cada vez que en el procesador de textos se desahoga. Puedo matar sin matar, a quien se me antoje y como me plazca. Con dejarlo mal parado en pocas líneas me basta.

'De acuerdo, ha sido mi culpa’, digo, en voz alta. Y, casi en silencio, vengativamente: ‘Pero dejemos que lo juzguen los lectores’.

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