lunes, 27 de octubre de 2014

Veintiún años



Mi postura respecto a los cumpleaños, propios o ajenos, es simple. Tolerancia cero. Nada de invitaciones floridas, pasteles empalagosos o visitas inesperadas. Sin embargo, hay excepciones. Las cosas cambian a lo largo de los años y los ermitaños pueden descender de las montañas y dejar de ser tan arrogantes.

Veintiún años. ¿Quién lo diría? ¿A quiénes debo semejante honor? ¿A mis padres, que tomaron la decisión de cuidarme, aún cuando las circunstancias no lo favorecían? ¿A la familia que me cobijó más allá de las obligaciones de la sangre?

Soy deudor de muchos, ciertamente. Confieso que he pecado al despreciar en numerosas oportunidades mi propia vida. Puedo enderezarme. No realizando hazañas heroicas ni donando un millón de dólares a la fundación ‘Salvemos a la marmota’. Sólo tengo que sonreír, abrazar, bailar, disfrutar cada hora de mi existencia. Es fácil. Es hermoso. Eso es vivir.

De modo que expreso mi gratitud eterna a todas las almas que, para bien o para mal, han llevado a cabo su rol en mi línea de tiempo. Porque, tal como lo afirma cierto autor en algún libro, ‘todas las cosas sirven al Haz’.

Un brindis. Por ustedes. Por nosotros. Por el mundo. Por la vida. Amén. ¡Chin-chin!

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