domingo, 19 de octubre de 2014

Viejita



¡Ay, viejita! ¿Qué te digo? Si las palabras no me alcanzan para reponer todo lo que por mí hiciste. Si el fruto de mis manos no se compara al cuidado que ofreciste el fruto de tu vientre.

¡Ay, viejita! ¿Cuántas veces me has oído hablar de Sor Juana y de Santa Teresa, y te sentiste identificada con mujeres de las cuales jamás en tu vida oíste hablar? ¿Te acordás de aquella noche, tan negra como el pico de los cuervos, en la que te mostré las cadenas de mi esclavitud y dije que quería ser libre?

¡Ay, viejita! A mí me toca, con mi implacable memoria, coleccionar las lágrimas de tu pasado, y evocar con ellas tu historia. Quiero contar tu cuento, que tus moralejas no mueran, y que el tiempo no te mate nunca.

¡Ay, viejita! Que me diste la evangélica fe que tanto sangrar me hace, como si mi corazón fuese un puño cerrado alrededor del espinoso tallo de la rosa más hermosa…

¡Ay, viejita! Que la Gran Madre fortalezca nuestras sonrisas, y que el legado que en mí dejaste no perezca nunca… Nunca, mujer bondadosa y virtuosa… Nunca…

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