martes, 25 de noviembre de 2014

Año Uno



Opiniones Marginales nació el 21 de noviembre de 2013, con la publicación del artículo Borrón y cuenta nueva. Hasta el día de la fecha se han publicado casi ciento cincuenta textos.

Mucha agua ha corrido bajo el puente de este escritor. El primer año de carrera en la universidad, la articulación de nuevas amistades, desilusiones personales y simultáneas fascinaciones; este río de acontecimientos me ha atravesado de pies a cabeza y ha erosionado mi personalidad, de manera tal que no puedo descifrar quién soy, de tal forma que me desconozco completamente.

Ha sido un buen año para mí; ha sido un mal año para muchos. Es el extraño conocimiento de la infelicidad de mi prójimo el motivo por el que rebajo el estilo de mi prosa a un lenguaje, si no accesible, despojado de toda complejidad poética.

Impregnados parecen estos párrafos de sigilosa petulancia, de impúdica mas velada soberbia. Me incomoda ser consciente de la delgada línea que separa la exaltación del ego de la franqueza literaria. Que mis constantes y humildes lectores no contemplen mi obra como un acceso de vanidad.

En estos últimos meses he prestado más atención a las derrotas ajenas que a las propias victorias; en algún punto, yo también he fracasado: si mi obra no puede confortar el corazón del apocado, si mi escritura no puede enaltecer los ánimos caídos, mi literatura es inútil.

Escribo para mí mismo. O, al menos, esta inicial creencia ha sido la causa primera de numerosas opiniones marginales. El tiempo se ha encargado de desterrar esta farsa: si escribo, escribo con la profunda convicción de que alguien, en algún lugar del vasto mundo, está leyendo esto.

Escribo para comunicarme contigo. Para transmitir esperanzas inciertas, para entrar en contacto con el lector, para deslizar tus desgracias un par de centímetros a tu izquierda. Escribo para sentirme humano. Me pregunto cuántas veces he fracasado tratando de encontrar mi propia humanidad en las letras cuando pude haber ayudado a alguien de otras mil maneras diferentes.

Viene a la memoria una historia. Érase una vez un joven que se subió al escenario de una iglesia y sentenció: ‘Yo soy el hombre que ríe. Yo soy un payaso’. Acto continuo, cantó una cristiana canción. Aquel adolescente renunció más tarde a su privilegiada posición de cantor, renuncia cuyos motivos no me son desconocidos y que, sin embargo, prefiero elidir en mi mísera prosa.

De esta anécdota frugal arranco una terrible frase. ‘Yo soy un payaso’. ¿No es acaso el artista un portador de risas forzadas y tristezas fingidas? No quiero escribirme más, quiero escribir a los otros. Quiero el maquillaje y la máscara; quiero representar la realidad que me rodea, no escapar de ella. Cuando quiero hablar sobre mí, lo único que veo es un corazón vacío. El oro que busco está en mis hermanos, en mis padres, en mis amigos, en los pasajeros de un tren, en el colectivo…

Ha transcurrido un año desde que tú me lees. Has sufrido el derecho de tragarte mis palabras a voluntad. No puedo darte ninguna recompensa. ¿Gracias? Desde el instante en que tus ojos arrasaron la primera línea, mi gratitud es eterna.

Mis sueños de inmortalidad son imposibles. Aspiro a un objetivo más modesto. Escribir. Escribir y ser leído. Por uno, por varios, por muchos. ¿Importa la cantidad? Lo que en verdad deseo es mantener esta conexión invisible entre tú y yo. La mirada del lector. Tus ojos me llenan de humanidad. Cuando me lees, resucito una y otra vez. Retorna a la vida sólo una parte de mí, pero es la mejor parte de mí.

Es esto lo que me define como persona, lo que me hace humano. Escribir. Lo que he estado haciendo durante todo un año; lo que quiero hacer por el resto de mi vida.

Escribiré. Escribiré más allá de mis propias debilidades. Escribiré más allá del patetismo y de las limitaciones de mi ser. Escribiré hasta que mi corazón exprima el último latido de sangre que selle mi entrada a los otros mundos.

Lo que hago es lo que soy. Y, en este momento, me siento nada más y nada menos que un escritor.

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