lunes, 3 de noviembre de 2014

Las goteras



Me tomo la molestia de levantarme temprano antes que nadie para descubrir que el comedor está dominado por un ejército de goteras que ya han dejado su acuoso rastro en las pálidas baldosas e incluso sobre la superficie de la mesa. A fuerza de rejillazos y trapeos transformo la sala, no en sitio impecable, pero sí en un recinto medianamente seco. Consumada la labor que nadie me pidió hacer, coloqué dulcemente un par de recipientes debajo de los obtusos agujeros; si es que a una lata de gaseosa y una taza de té se les puede aplicar la categoría de receptáculos.

Ésta es una de las pocas cosas que me molesta de la lluvia. Las goteras. Pequeños resquicios donde se nos mete la sangre del cielo. No hay que echarle la culpa a la naturaleza; un hogar no es hogar si no tiene, por lo menos, un diminuto acceso para las gotitas de agua, que, como pesadas amigas, entran sin permiso a la habitación y se amontonan hasta entorpecernos el paso.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario