lunes, 17 de noviembre de 2014

Post-examen



Me ha ido bien. Esto lo digo, respecto al último episodio de mis opiniones marginales, en los que veladamente me prefigura como un convicto al borde de la silla eléctrica. Ignoro o quiero ignorar el estado académico de Luna Roja; los buenos amigos jamás mencionan la fortuna del prójimo, no sea que el elogio acabe en envidia.

Había llegado a la Facultad con unos minutos de anticipación para sacar cierto material de la fotocopiadora. Hallé a dos compañeras de curso que, con mayor lucidez y premeditación, se preguntaban mutuamente si estaban nerviosas por el examen.

Desinteresado por su cháchara universitaria, hice lo que tenía que hacer allí y subí. Encontré a otra estudiante más cerca del umbral del aula del segundo piso, con un pucho consumido en las finas manos.

La profesora llegó. Repartió los temas. El color gris de las paredes se nos hizo plomo a todos. Sin embargo, pude responder, creo yo, las preguntas en un estado de mediana coherencia.

Luna Roja salió después de mí. Caminamos hacia el comedor del subsuelo. Pidió un café con medialunas. Le temblaban las manos.

–Eso es porque vos no estás constantemente nerviosa, como yo… –quise decir, en un tono de broma que a todas luces no resultó tan cómico, porque Luna Roja me dedicó una cansada mirada de ‘Esto no es un juego’.

Quedamos mudos, estudiando obras teatrales españolas para la evaluación del día siguiente. Acabábamos de salir de una guerra para meternos en otra. Dije, también, entre bocado y bocado: ‘La única manera de sobrevivir es volviéndose loco’.

No sé si ésas eran las palabras exactas, o si Luna Roja, de lo hastiada que estaba, no las escuchó. Estoy convencido de que la Facultad te vuelve loco, en algún punto. Y uno prefiere enloquecer por sí mismo antes de que los exámenes enloquezcan a uno. Uno tiene que esforzarse por acordarse de que está estudiando lo que le gusta. Los viajes, el esfuerzo, la falta de tiempo, las idas y venidas, los múltiples vaivenes, el precio de las fotocopias y los almuerzos… Valen la pena.

Cuando regresé a casa y comenté mi experiencia, mi padre, para mi asombro, dijo:

–¡Es que eso no es fácil! ¡Te cansa!

Me lleno de orgulloso y secreto estupor. Mis padres, que antes me preguntaban para qué servían las letras, me estaban apoyando, estaban reconociendo la dificultad de mis actos. Acaba de culminar un cambio sigiloso, una transformación imperceptible que significa mucho para mí.

La cursada está a punto de terminar, y me llevo muchas cosas buenas para el fin de año. El temblor de las manos de Luna Roja, definitivamente, no es una de ellas.

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