lunes, 8 de diciembre de 2014

Amanecer sin gloria



Tal parece, a juzgar por le carácter rigurosamente jubiloso de los últimos acontecimientos que elijo retratar o por el cálido temperamento del mes que congrega en todo su póstumo esplendor todas las penas y glorias de los festejos de fin de año, que voy de fiesta en fiesta; y, sin embargo, con cada chispazo de alegría me torno cada vez más taciturno, embriagado de melancolía, ya que no de alcohol. Con este aire decadente y testarudo describiré sucintamente el cumpleaños de mi prima, a quien felicito y elogio con la mayor de las honestidades, más allá de las distancias y los distanciamientos.

La noche de domingo cierra con una jornada feroz de teléfonos bestiales en la pizzería. El hábito de temer una crítica de algún colérico cliente a discreción basta para destrozarme los nervios hacia la medianoche. Mi padre y yo, transportados por uno de mis tíos, el cual también es empleados del local, salimos de las turbias callejuelas de Flores para meternos en los laberintos secretos de Morón.

Mi prima en cuestión vive en una residencia más allá de unas vías abandonadas que acarician una zona industrial. Llego, alcanzo a reconocer unos rostros en la sombra, noto de inmediato una severa metamorfosis cromática en los semblantes sonrientes. Tratábase de una singular fiesta de disfraces: los niños corrían de un lado a otro, con las cuencas oculares entenebrecidas de tinta; una chica de vestido rojo con cuernos carmesíes conversaba con una especie de amazona; mi hermana me saludó con su propia cara de muerta artesanal.

Saludo, converso, observo, como y bebo. El corazón del cumpleaños yace en la parte posterior de la casa: los amigos y los acérrimos familiares danzan al compás de un monstruoso ritmo de cumbia. Mis padres se acomodan a un costado, repentinamente envejecidos por la decencia. Desde la boca de los parlantes emergen los bajos que me estrujan los intestinos en pleno proceso de digestión. De vez en cuando, mi viejo me mira y mueve la cabeza, como diciendo: ‘Andá a bailar si querés’.

Lo que en realidad señalaba con la frente era la mesa repleta de comida. Sanguches, papas fritas, palitos salados… Probé de todo un poco, pausadamente. En la pista de baile se destartalaban con elegancia los esqueletos en sus estuches de carne. Mi pie apenas podía marcar los tiempos de las canciones. Reducido a aguafiestas veterano, mi cuerpo descansó en una silla el resto de la mágica velada.

Hay ocasiones en las que los cumpleaños me parecen deprimentes; no es el desdén de la alegría del otro, sino mi propia incapacidad para prenderme de las carcajadas de las masas. Ese terrible sentimiento de estar de más…

Contemplo un amanecer sin gloria al cabo de un par de horas. El lienzo violáceo del firmamento se desgarra y sucumbe al lóbrego aluminio de los cielos matutinos. Mi familia se marcha. Saluda cordialmente a los anfitriones y convidados. Nos alejamos hacia una parada de colectivo que parece más una tenebrosa encrucijada que una esquina suburbana. Pájaros grandes y gordos nos miran desde los cables. Estoy cansado: el mundo me parece torcido en más de una ocasión. Es mi propia cabeza, que ha aumentado de peso por todo el sueño contenido dentro de mis apocadas neuronas.

Heme aquí, Señor: con los bolsillos rotos de unos vaqueros gastados; empaquetado en mi campera de lana, con el cabello largo y la barba descuidada. Llega el colectivo, pago el boleto, nos arrastramos sobre ruedas hasta la estación de tren. Resucito una frase de mi padre: ‘No hay nada mejor que dormir en tu propia casa’. Cuánta razón tiene mi viejo.

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