martes, 16 de diciembre de 2014

Ceremonia



La más reciente adquisición de mi abuela materna yacía sobre la marmórea mesada de la cocina, a imagen y semejanza de Humpty Dumpty balanceándose en su dichoso muro. Aquí está el horno eléctrico: negro, cuadrado y sin vida, como una tableta de chocolate sin sabor. Mi padre y mi tío introducen un esplendoroso pollo crudo en su boca; las leyes de la física y los circuitos metálicos harán el resto.

Una escena digna de una inmortalidad en óleo. Una mesa sobrepoblada de cuchillos y tenedores; vasos de disímiles razas, tamaños y géneros, en expectante complicidad con las botellas de gaseosa. La ensalada se entrevera con las papas aderezadas, ejércitos amarillos y verdes compiten por la hegemonía de cada plato. Se desarrolla, en presencia de los mendrugos de pan, una secreta guerra fría por el dominio de los estómagos. ¿Qué sabores intrusos triunfaran en las preferencias de los comensales de esta noche? ¿El pollo, la carne, los chorizos, las papas, la lechuga?

Poco importa eso, siempre y cuando se pueda comer. No existe en los convidados eventuales las preocupaciones gastronómicas que, en cambio, subsisten en los parroquianos más exigentes de los caros restaurantes. Los muros de ladrillo viejo nos abrazan, nos estrechan, nos recuerdan que somos una familia…

Mis padres se acomodan en la esquina más remota; mi abuela, la anfitriona, se ubica en la sección central de la mesa; en el otro extremo, mis tíos y mi hermana. Mi hermano menor y los primos carcajean en el cuarto contiguo, entretenidos con las desventuras de Pie Pequeño en ‘La tierra antes del tiempo’.

La cena giró pausadamente alrededor de nuestras hilarantes conversaciones. Si no comemos, hablamos; si no hablamos, comemos. Y la atmósfera familiar impera dentro de la casa.

Intermitentes aguaceros nocturnos rozan el follaje del gran árbol que corona el patio delantero. Más allá de los alambres que delimitan el humilde territorio de la madre de mi madre, el barrio se extiende. Los postes de luz ofrecen monstruosos resplandores anaranjados que pintarrajean la solitaria calle con cálidos colores mientras el violáceo cielo censura el simpático brillo de las estrellas melancólicas. Hacia la medianoche los colectivos han dejado de circular en estos parajes entenebrecidos por la trémula oscuridad.

La ceremonia concluye con saludos secos. Mi estirpe atraviesa la esquina, ejército silencioso en las penumbras ausentes. Todo está tan callado… ¿Por qué será que mi propia tierra me da tanto miedo? En el portón descuelgo la llave que pende sobre mi cuello y acciono la cerradura.

Entre ambas casas sólo existe una distancia de media cuadra. Aún así, con este sentimiento de caminar en zonas obtusas, no es difícil llegar a creer que la mitad de cada manzana puede estar envenenada de muerte.

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