sábado, 20 de diciembre de 2014

Drugos de Buenos Aires



De tanto viajar en colectivos uno tolera con naturalidad las eventualidades que surgen entre fierros y pasajeros. Cada viaje es una pequeña representación teatral en un escenario de cuatro ruedas, un mecanismo que el azar pone en funcionamiento sin obedecer los rigurosos cronogramas de la rutina, un microcosmos sujeto a las arbitrariedades y los acontecimientos inesperados.

Expongo, por ejemplo, el caso de ayer, donde un guitarrista se subió al transporte y entonó en compañía de una dama no tan refinada canciones de Pappo, Cerati y Solari. Una pasajera de escasa indumentaria y contextura robusta intentó competir con la melodiosa sonoridad de la seca guitarra y accionó, desde su teléfono móvil, intolerables ritmos de pseudocumbia.

Pero el rock está hecho de metal, pasión y sangre; en la clasificación de los apasionados por la música, entraré yo acaso en la categoría de los caretas. No importa. Se produjo una batalla de armonías en la noche, y reconocí de inmediato al bando ganador.

Los colectivos son campos de batalla donde los pseudocumbieros irrumpen en la parsimonia suburbana con sus dispositivos musicales, su metalunfardo –degeneración de la antigua rica jerga de los inmigrantes–, sus distintivas vestimentas y sus aires de gallardía lasciva.

La gente se refiere a ellos con un nombre despectivo que los congrega y los margina: la ‘negrada’. Evito estas caracterizaciones descaradamente preracistas; empero, admito que en esta protocrónica se estima cierto grado de desprecio ante esta interesante sociedad de jóvenes malsonantes y grotescos.

Respiro en estos párrafos cierta influencia cyberpunk, como si ellos fuesen la descarriada generación de este siglo, empecinados drugos de Buenos Aires.

Lo cierto es que las ciudades adquieren estos matices decadentes, positrónicos, nocturnos, ambiguos. Y entre boliches y previas, los pseudocumbieros elevan las cabezas, reunidos en manadas, con hambre de juerga y sed de putas.

Y yo, disimulado en la multitud, disfrazo mi miedo, aún rodeado de estos seres viriles y famélicos. 

Una canción simplona resuena a mitad de la noche. Son ellos. Los fieros drugos de Buenos Aires.

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