viernes, 5 de diciembre de 2014

El chico del saco



Mi hermana y yo llegamos al boliche antes de lo previsto. Apreté tanto mi reloj que llegué un siglo antes de que la mismísima ciudad se fundara. Cuando el taxi nos vomitó a la calle, nos resignamos a esperar en la vereda mientras el personal de seguridad revoloteaba en el umbral como moscas alrededor de la carne podrida.

Los invitados a la fiesta de egresados de la hermana de Luna Roja no entrarían sino hacia las una de la mañana. Pero nosotros estábamos al principio de la fila. A medida que la línea de personas se prolongaba, la rabia bajo mi quijada crecía más y más. De pronto me vi a mí mismo espiando la hora y apretando los labios, pensando cada tres segundos: ‘¿Para qué vine, Dios, para qué vine?’

Se abren las rejas de entrada y entrego mi identificación y mi entrada al guardián. Él me mira.

–Ponete al costado de la fila –me dijo.

Los mayores de 21 años no podían entrar, y resultaría bastante engorroso explicar aquí porqué. No quiero pensar que la negligencia de tener el cabello largo, calzar zapatos y traer encima un saco negro me jugó una mala pasada. La primera vez que piso un boliche, y esto me tenía que pasar.

Mi hermana entró sin mayores complicaciones. Y a partir de este punto se formó una situación muy interesante. Un juego de mensajes y llamadas entre mi hermana, Luna Roja y yo. Cada vez que intentaba acercarme a la entrada principal para que me avistara mi anfitriona eventual, aparecía un sujeto de camiseta oscura que dictaminaba:

–Chicos, vayan a la esquina, a la esquina…

Más de una vez tuve una cita poco romántica con el semáforo.

Pero, tras vanos y estúpidos rodeos, me acerqué por última vez al vallado. Una de las madres responsables de la celebración de los estudiantes ejecutaba la labor de ‘enganchar’ a los excluidos del festejo. Entre simios corpulentos y enormes, alcé una de mis frágiles manitos mientras mi vocecita delicada se diluía en el lunfardo de la concurrencia.

–Disculpe… Disculpe… Señora, por casualidad, ¿usted no está buscando a un Contreras?

–Ah, vos sos el chico del saco, sí, pasá, pasá.

Una hora después, me encontré con mi hermana en el vestíbulo. Luna Roja me saludó, me abrazó, me pidió perdón por el contratiempo del que ella no tenía absolutamente nada de culpa e ingresamos al interior de la cueva moderna.

(A los conservadores lectores que se puedan escandalizar con la palabra ‘boliche’, permítanme decirles: no tomé, no comí, no me moví de mi sitio. Había sido invitado gentilmente a un evento público y lo disfruté como correspondió a la ocasión. Sí, se los digo a ustedes; sí, les estoy hablando yo…)

El tío de Luna Roja tuvo la excesiva amabilidad de conducirnos hasta el corazón de Merlo. Me parece demasiado raro hallar tanta generosidad, carisma y simpatía en los miembros de su linaje. Una rareza a la que estoy sumamente agradecido.

Llegamos sanos y salvos a casa. El deseo de todo padre que ve cómo su hijo sale al encuentro de la noche con la plata justa en los bolsillos. Tomé tres vasos consecutivos de jugo de naranja, me cambié las vestiduras y me eché en la cama. A través de la ventana, el amanecer pateaba el cristal del dormitorio.

Sí, la vida puede ser una fiesta. No en los bailes salvajes o en las barras libres, sino en las oportunidades que tienen los seres humanos para probar cosas diferentes cada día. Y si me preguntan cuál ha sido el mejor momento de esta aventura, aunque no lo crean, fue haberme quedado clavado en el pavimento durante una hora. Después de todo, me hacían falta buenas anécdotas…

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