viernes, 19 de diciembre de 2014

Escribir no es sufrir



He gozado días estupendos, de los cuales no referiré ningún atisbo de felicidad. Tan acostumbrado estoy a condensar en mi literatura partículas de miseria que ya el proceso mismo de escritura parece históricamente indivisible al sufrimiento humano.

Todo poeta tiene algo de maldito. La tradición francesa –Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud– y su legado decadentista, por ejemplo, han contribuido a reforzar la imagen del escritor como sujeto miserable.

No hago alardes de mis dotes académicas, que son poquísimas, y no debo olvidar que soy apenas la sombra de una persona. Lo que intento decir es que al escritor, en algún punto, siempre se lo asocia con la locura y la oscuridad.

–Los escritores están locos –suele dictaminar mi padre, con poca seriedad.

Y yo, naturalmente, me muerdo los labios para no discutir nada. El arquetipo de poeta maldito está tan incrustado en el inconsciente colectivo que nosotros mismos, los que exploramos el territorio de la escritura creativa, nos engañamos pensando que ejercitamos un arte místico y extraordinario.

Es decir: yo escribo, y no soy Jorge Luis Borges ni espero que me consagren como si yo lo fuera. Escribo porque me gusta y porque configura una parte importante de mi vida. Punto.

Lo cierto es que escribir no es sufrir. El poeta no tiene por qué ser un heresiarca, lujurioso o desgraciado para fabricar artificios de tinta.

La naturaleza del poeta radica no sólo en lo que vive, sino también en cómo lo vive y cómo explota la experiencia desde su sensibilidad. ¿Qué es ser escritor? No lo puedo decir. Arrojar una definición exacta sería encerrarlo en el tétrico patetismo de los diccionarios.

Ser escritor no tiene palabras. Es una contradicción. Pero –a veces– es un error buscar sufrimientos para hallar palabras, cuando en realidad, las palabras que buscamos ya están en los bolsillos del corazón. La pasión precede a la experiencia. (Dejo este punto trunco para otra opinión marginal, porque este es el flanco más vulnerable del discurso, y acá si se me puede discutir.) Sentencia Saramago, y con esto resumo mis pretensiones de explicólogo, que cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar.

El que tiene ganas de ser escritor, sea joven o viejo, escribe.

Hasta aquí nomás se extiende mi pensamiento; el que quiera comprometerlo, dilatarlo o rechazarlo, bienvenido sea.

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