lunes, 22 de diciembre de 2014

Herederos del viento




‘Ahora quiero decir lo que he conseguido con este libro, pero principalmente lo que no he conseguido.’

Rodolfo Walsh. Epílogo a la segunda edición de ‘Operación Masacre’.


Émula de epílogo triste es esta opinión marginal que aspira a resumir de algún modo estos doce meses de vida miserable. Que este espacio virtual prolifere en crónicas impensadas me basta para reconocer que he ejercido, por lo menos esporádicamente, mi modesto oficio de escritor.

A diferencia del glorioso Walsh, no he publicado un solo libro, no tengo un posicionamiento político definido, no he contribuido a una causa noble. Empero, tornándome barroco y desolado, padezco mis desencantos subjetivos con narcisista orgullo.

Precede a todo desengaño las fascinaciones, y a éstas me dedico con entusiasmo y prisa. Con vanidad pondero mis triunfos: cinco materias en la carrera de Letras, mi incursión primera a la Feria del Libro, la adquisición de numerosas novelas, el descubrimiento de inolvidables literaturas, una visita al Colegio Piedrabuena, un recorrido ingenuo por el Abasto, una larga conversación con una escritora misionera en un restaurante de Flores, el talento de una cantante angelical, mi rimbombante irrupción en un boliche, un cumpleaños de quince, un gramo de vino, el sabor de un camarón, una sala de cine, la incorporación de mi hermana al taller literario…

Todas estas pequeñas felicidades convergen en un acontecimiento trascendental: el brillo de Luna Roja, cuya amistad es el mayor milagro que la Providencia ha proporcionado, y cuya resistencia a mis defectos imperecederos ha demostrado el poder de las relaciones humanas sobre las soledades urbanas.

Este ciclo rebosante de logros parece no admitir posibilidad de derrota; empero, mis ánimos apocados, aunque satisfechos, me sumergen en un abismo de festiva decadencia que las transitorias y luminosas pompas navideñas parecen acentuar en vez de sosegar.

El estallido de cada fuego artificial en el cielo remite a un fracaso, y mi corazón, firmamento de sangre pesada y músculos calientes, es un jardín de lágrimas no lloradas.

¿En qué he fracasado? En defender las ideas que en tiempos pretéritos con tanto fervor preconizaba; en ayudar a otros seres humanos cuando más lo necesitaban; en mantener una coherencia entre las palabras que he dicho y las acciones que he perpetrado.

A principios de este año propuse en mi espíritu ser egoísta, y lo hice. Sin moverme del sillón he sacado provecho de muchas situaciones, sea por gentil invitación de mis camaradas, sea por explotar acaso mi torpe imagen de chico bueno.

Colgado de los escenarios y de las mangas de mis anfitriones experimenté gozos inimaginables. A cambio, ¿cómo he correspondido a mis aliados? Con hombros encogidos, con consejos esquivos, con gratitudes huidizas.

Yo vivo a través de las personas. Parásito, rémora, pollerudo. Cobarde. La conciencia me acribilla con estos apelativos y yo los recibo con estoico y soberbio gusto.

Durante cinco años he vivido con la absoluta certeza de que he ejecutado una vida plena y una conducta cristiana, pero ha sido esta creencia, tan profundamente arraigada en mi ser, la que me ha amputado de mis hermanos.

No soy bueno. No soy santo. No soy puro. No soy moral. No soy ético.

Mi individualidad se sostenía en la delgada línea entre lo bueno y lo malo. Mi inconmensurable desilusión respecto a las instituciones políticas-religiosas y las actitudes solapadamente hipócritas de ciertas sombras de un pasado que creí haber superado derrumbaron la bipolaridad que condicionaba mis procesos mentales. Si no existe realmente lo blanco y lo negro, ¿dónde migran las almas cuando los cuerpos perecen?

He renunciado a un cargo en la iglesia a la que asisto todas las semanas porque la contradicción que arrastraba en mi pecho se me hizo insoportable. Hace poco tiempo, el pastor del evangélico templo afirmó:

–Vos sos una persona espiritual.

¡Ay de ti, benévolo ministro! ¿Qué ceguera de profeta le atormenta, que no puede ver acaso las perversas máculas de disgusto que en mi naturaleza contrita resplandecen, como tempestuosos agujeros negros en la infinita longitud del cosmos?

No soy espiritual. Incalculables despropósitos amedrentaron mi fe. No oro, no rezo, no alabo, casi no toco la Biblia. No tengo moral cristiana; de hecho, no tengo moral. En este aspecto, he fallado. En los momentos en los que mi familia requería todo mi apoyo, les he negado mi mano. He sido prosperado, pero la arrogancia me impide reconocer que todo lo bueno de mi vida proviene del Cielo.

He renunciado a un ministerio porque he contemplado mi sonriente rostro en un espejo y vi a un monstruo que se desliza entre dos mundos.

–Dios busca corazones humildes –sentenció mi padre, alguna vez.

¿He sido yo humilde? ¿He sido yo solidario? ¿He sido yo valiente y esforzado? ¿He resistido, por lo menos, el impulso natural de desear alguna mujer? No, no y no.

He fallado como hermano, como cristiano y como persona. Pero no como escritor. Esto es un consuelo y a la vez una placentera maldición.

Ya no aspiro a salvar al mundo.

Los hijos de puta no merecen ser llamados hijos de Dios.

Pero los herederos del viento pueden narrar historias. Y las voces de los muertos en vida pueden cantar romances a la noche.

No soy bueno ni malo. Soy estúpido. Patético, histérico, evangélico. Y poco gracioso. Pero Dios ha comprado mi alma; el Creador tiene piedad de los mediocres.

No aspiro al Edén, pero este ha sido un año demasiado bueno y generoso, tanto así que desconfío de los ángeles y los demonios, que me miran con codicia y con desdén a pesar de mis herejías, como diciendo: ‘No importa lo que diga este tipo, él tiene un as bajo la manga y lo va a usar’.

Más allá del pesar, y de todo lo que mi familia sufrió, no quiero matarme, y ése es un buen síntoma. Quiero vivir, ya no pensando en corregir el rumbo de los otros, aunque no prometo ser más solidario o heroico. Soy demasiado cobarde para cambiar, y demasiado perezoso para siquiera intentarlo.

En vez de mejorar, parece que busco la manera de empeorarlo todo.

Me da igual.

Me da igual si el amor eterno existe o no para mí. Me da igual si usted me cree un cínico o un depresivo, porque al fin de cuentas, he perdido la capacidad de definirme a mí mismo. Soy barroco. Me ilusiono y desilusiono con facilidad, soy extremadamente dependiente de los demás y gozo de una salud tan implacable como mi torpeza.

Que la corriente del tiempo me arrastre y sea Dios quien me premie y me castigue.

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