martes, 16 de diciembre de 2014

Melancolías nocturnas



Confieso que no he dormido bien y que una pequeña palabra suelta me ha arrancado el privilegio de sentir sueños toda la velada. Cada vez que cometo un error, por más pequeño que sea, experimento una vorágine en mis músculos; una contradicción entre el cuerpo y el alma que estalla en una guerra de tensiones. Esta culpabilidad a medio cuajar siempre me impide descansar. Contraigo con excesiva facilidad terribles sentimientos de remordimiento, por más irrisorio que parezca mi nimio crimen, como sea arrojar un envoltorio de caramelo sobre la vereda. Y si el lector conociera acaso los motivos de mis vergüenzas, me consideraría en el acto un estúpido impulsivo y paranoico, de modo que no referiré bajo ninguna circunstancia las razones de mis exageradas angustias.

Jamás he escrito acerca de mis insomnios por la sencilla razón de que son episodios insignificantes de mi vida. A nadie puede interesar lo que suceda conmigo por las noches. Pero, ya que no he recibido la complaciente visita de Morfeo, describo este mal que muchas veces me ha aquejado en mis horas de cólera insufrible.

Basta tan sólo con que mi prójimo reproche en mí el más mínimo defecto para desencadenar en mi organismo una implosión nerviosa. La reacción natural de cada partícula de mi ser es la tensión, tensión que degenera en un estrés incurable. Se me eriza la espalda, me encorvo, aprieto los labios, agacho la cabeza, la respiración se enreda con el ritmo cardíaco y mis miembros ansían una inmediata amputación del tronco al que están ligados.

Esta transformación exterior es apenas un cruel amago de la revolución física que retuerce y estruja cada uno de mis órganos vitales.

Esto sucede cuando estoy nervioso, apurado o enojado. Pierdo el control de mí mismo. Una serpiente me presiona los pulmones. Siento que me falta el aire. Aprovecho cada bocanada de oxígeno para pedir disculpas.

Por más que logre la expiación ansiada, la pesadumbre no se va. Me siento como si un coro de ángeles me hubiese agarrado a trompadas. En mis días de telefonista, por ejemplo, si mis errores son lo suficientemente considerables como para mandarme a la horca, los demonios que traigo en la cabeza comienzan a rasguñarme las tripas. Mis venas no pueden sangrar; lo que sangra es mi mente.

Llego a la cama con la esperanza de recobrar la serenidad, ya que no las energías, y encuentro al insomnio escondido dentro de un almohadón sintético. La habitación se oscurece, los ronquidos de mis hermanos me sobrecogen y no puedo parar de moverme. Me balanceo de un lado a otro, buscando la ubicación exacta del sueño perdido. De antemano sé que mi expedición onírica es infructuosa, de modo que decido distraerme manoteando mi teléfono celular o reflexionando acerca de los quehaceres consumados en el día. La segunda alternativa es la peor, porque carburo las neuronas hasta ascender a la cúspide de una neuralgia imborrable, y mis pensamientos se transforman en una especie de junta inquisitorial que me acribilla con ideas funestas.

Porto estas melancolías nocturnas en el cráneo desde mis épocas de secundaria, y me he acostumbrado a estos infortunados y esporádicos desvelos. Cuando se me agotan los razonamientos, vienen los recuerdos; consumidas las memorias, arremeten los sentimientos, los remordimientos y las voces de la conciencia. Y siento que, en algún rincón del dormitorio, se abre la puerta del placard.

Un monstruo de tela se arrastra hacia mí. ¿O es el ventilador girando sobre sí mismo? ¿Qué es esa sombra asesina que me mira? Estoy cansado, pero no puedo dormir. No puedo defenderme. Si tan sólo pudiera pegar un ojo, si tan sólo la puerta del reino de los sueños se abriera, me refugiaría en una fantasía fugaz y feliz.

No puedo soñar. Me asaltan unas ganas repentinas de escribir. Escribir lo que verdaderamente pienso sobre mí mismo y sobre este mundo. Sobre los significados ocultos de mis historias. La caja de Pandora oculta bajo mi cabello quiere abrirse. El monstruo de tela se abalanza sobre mí. Me asfixia, me estrangula, me aplasta.

Muero sin morir. Vivo sin vivir. Sueño sin soñar. Cierro y abro mis ojos al mismo tiempo. Es horrible. No puedo dormir.

El insomnio no es otra cosa que vivir eternamente en la frontera entre el sueño y la vigilia. Es esa tierra de nadie en la que todos nos perdemos antes de sucumbir a la pesadilla final. El espacio entre trinchera y trinchera donde tu conciencia y tu inconsciente intercambian un vaso de caña antes de la última batalla en el umbral de la pulpería de tu corazón.

¿Quién ha ganado esta vez?

Me levanté a las ocho de la mañana. Mi padre se ha levantado temprano, presa tal vez de una afección similar a la mía. Comerciamos mates ácidos entre nosotros. La mañana es gris. Examino mi pecho: el monstruo no me ha tocado. En algún lugar de mi alma, persiste esa manchita odiosa y fresca, ese pecado diminuto, que me amputó la capacidad de maquinar quimeras.

Ahora son las diez y media de la mañana. No hay vuelta atrás. Una vez más he regresado a la tierra de los vivientes. Escribo este artículo con cierto desdén y me pregunto, realmente, por qué escribo. ¿Escribo para alcanzar el perdón de Dios? ¿Escribo para gozar del sueño de los justos? ¿Por qué escribo? ¿Puede alguien que no sea yo responder a esta pregunta?

No. Solamente escribo. Me siento un poco arrugado, pero prefiero permanecer en el comedor. De todos modos, ya no tengo sueño.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario