jueves, 11 de diciembre de 2014

Retrato de una tempestad



Una tempestad en Merlo.

Después de una recalcitrante tarde de elevadas temperaturas, pavimentos quemados y perros con lenguas sueltas, arribó al municipio la lluvia nocturna. Ya los raudos relámpagos sobre los edificios prefiguran la ferocidad del temporal: cada rayo es un diente en la dentadura de este perro de plomo; cada trueno, un reverberante ladrido envolvente de Cerbero que estremece el tuétano.

El viento aúlla, bestial. A media cuadra de la plaza, recibo un puñetazo de aire en la boca. Mi lengua se llena de polvo. No son tenues brisas las que azoran a los transeúntes y los comerciantes que sellan el umbral de sus establecimientos con el descenso de una cortina de hierro. Fantasmas recorren la ciudad a una velocidad vertiginosa, estrellando sus fríos cuerpos contra toda superficie. Esto es la ventisca, una horda de voraces demonios que rasguñan y muerden todo a su paso.

Una manzana entera se apaga. La electricidad ha dejado de circular en los postes de luz, como la sangre que deja de circular en las arterias esenciales del cerebro para derivar en un apagón definitivo de la actividad mental. La lluvia, con sus colmillos de agua, hiere la ciudad y le corta una vena de cobre.

Llego a la plaza, me refugio bajo un techo metálico, acaricio furtivamente mi bolso. Algunas ramas se han desprendido de sus árboles, algunas calles se anegan con sorprendente rapidez, algunos peatones corren como almas amputadas en un cristiano rapto.

Merlo se está ahogando. Escucho sus sigilosos estertores en el gruñido de los hombres, en la risotada salvaje de unos jóvenes bromistas que pisotean con febril júbilo la vereda, en una pareja de edad avanzada que musita cada tres segundos: ‘¡Mirá cómo llueve!’

Subo al colectivo. El aire está caliente. Si abro la ventana, lo sé, la tempestad me arrancará del asiento y me asesinará en la carretera. Este perro de humo tiene vida, respira, piensa, gime. Es negro como la muerte y antiguo como la tierra. Es la tempestad temida, es el miedo a la inundación, es la fábrica de barros…

–¿Está cayendo piedras? –pregunta uno de los pasajeros, tras oír súbitos golpes desde el exterior.

El lívido estrépito cesa. El Indio Solari me acompaña el resto del viaje, emergiendo del interior de un celular ajeno.

Llego a casa. Una casa envuelta en sombras. A la mísera luz de una vela mi hermana ceba mates. Persignados en la oscuridad, contemplamos el rastro de Zeus entre las paganas nubes.

Me cuesta dormir. ¿Qué es? ¿La falta de luz, la falta de entusiasmo, la falta de sueño? No sé. Siento que las últimas palabras se las ha llevado la lluvia.

Amanece. Es un día espléndido, fresco y hermoso. La electricidad no ha resucitado. Cuando lo haga, escribiré esto. El último retrato de una tempestad occidental en tinta viva, las aguas de un aguafuerte merlense.

Aquí termina mi vidriosa crónica. Ahora, trataré de recuperar los sueños.

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