jueves, 11 de diciembre de 2014

Robarle el tiempo a la vida



‘Hay que robarle el tiempo a la vida’.

La frase de Luna Roja es demasiado seductora para resistirse a una opinión marginal. Ya lo dijo Asimov: ‘No me siento culpable por inspirarme en frases ajenas. Ya que los demás no van a hacer nada con ellas, ¿por qué no usarlas?’

Ella es una chica infectada de proyectos, ligeramente atormentada por una sed de actividades. Mi pereza y mi desgano se contraponen con la enérgica frescura de sus movimientos. De tanto letargo que cargo en mis ojos la persigo en los corredores, prendido a ella como las rémoras al tiburón. Si ella salta de una cornisa, es casi seguro que yo la imite, más por estupidez que por fidelidad.

Que se me acuse de pollerudo –aún de parásito– no me sorprende a estas alturas. A pesar de los nerviosismos, me siento más seguro en una multitud de mujeres que en compañía de hombres. Me repugna incurablemente el sexo masculino; mas en casi todas las damas que he conocido he hallado la fragancia etérea de espíritu que las transforma en potenciales aspirantes a ángeles.

Que una persona sea bella no significa que sea lista. Luna Roja me perdonará de buena gana estas líneas. Cualquier ser viviente con algo de seso se alejaría de mi sombra si se lo propusiese. Temo, naturalmente, que ella sea ciega, y que no haya visto el desastroso espantapájaros que tiene por colega.

Ella está allá, yo estoy acá, y aunque no nos comportemos como amigos del alma, nos basta saber que el otro está allí, y que por lo menos uno de nosotros tiene ganas de vivir; y ese otro, muchas veces, no soy yo.

Yo evito las sorpresas, los cambios a último minuto. Luna Roja los acepta, los busca, los desea. Unge mis oídos con sangre cuando habla de viajes y países. Ejerzo el rol de cascarrabias, me resisto a sus bromas como el perro rabioso que forcejea contra la vacuna, empuño el malhumor del aguafiestas.

Ella es la comedia y yo soy la tragedia. Ella tiene que sacudirme y molestarme para sacarme una sonrisa. Ella cree en el amor en las épocas debidas; yo, tantas veces engañado por el sentimiento y desengañado por la razón, descreo completamente de él.

Somos diferentes. Pero sabemos que se nos acaba el tiempo. Que no existe el mañana. Que si queremos vivir con plenitud lo tenemos que hacer hoy.

–Si te ponés a pensar, nunca vas a tener tiempo para escribir –dijo Luna Roja.

Soy escritor. No puedo decir: ‘Algún día, escribiré mi gran novela’. Ese ‘algún día’ no existe; la única oportunidad que tengo para escribir, por más ocupaciones que tenga, es hoy. No existen las historias perfectas. No aspiro a la perfección. Aspiro al placer y a la belleza de las palabras.

¿Saben qué? Quiero que me molesten, que me sacudan, que me pellizquen, que me saquen de quicio. Que me recuerden cada segundo que estoy vivo. Vivo, loco y sano. Quiero eso. Deshacerme de mi máscara de cristal y perderme en el pantano de la vida.

En algún punto, Luna Roja –apenas el débil destello de una  columna de maravillosos seres que constituyen la gran rosa roja de mis círculos íntimos– es esa patada en el estómago que necesito para no olvidar que soy humano.

Somos ladrones del tiempo.

Vivir no es una ciencia. Todos lo saben. Yo no. Pero no es tan complicado. Sólo tengo que aflojar mis alas y animarme a volar.

Estoy en el aire. Miro el crepúsculo de mi juventud. Está muriendo el astro codiciado. Quiero arrancarle unos cuantos rayos antes del irrevocable marchitamiento y fabricar un manojo de buenos momentos. Quiero buscar los milagros que Dios todavía no realizó y parodiar, no las hazañas, sino el aire simplón e imprudente de los héroes de cartón.

Quiero robarle el tiempo a la vida. Alcanzar las doradas manzanas del Sol y tocar el fuego del Olimpo.

Aunque me duela…

Aunque me queme…

Aunque me incendie…

Aunque me muera…

Sé que me pertenece el hoy.

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