domingo, 14 de diciembre de 2014

Yggdrasil



No hay árbol de Navidad en el rincón. El peso de los años nos borró el entusiasmo. Somos adolescentes: escépticos, nihilistas, inquietos. Descreemos de antemano el advenimiento de Papá Noel; si un tipo de traje rojo entra a casa, nuestra primera reacción es llamar a la policía. Las propagandas festivas de Coca-Cola me parecen cada vez más difíciles de digerir por su riguroso carácter idealista.

La magia de las fiestas estriba en la inocencia de la infancia. En nuestra era de párvulos nos deleitábamos con la apertura de la caja de cartón blanco, estirando los tiesos huesos verdes del raquítico pino. Cual mohosa torre de Babel, erigíamos el falso Yggdrasil en una esquina de la sala, envolviéndolo de esferas lisas y bufandas de celofán. Una estrella áspera coronaba la plástica cúspide; el pesebre incompleto, que prefigura acaso nuestro cristianismo trunco y herético, carecía de dos Reyes Magos y otros personajes relevantes.

Los fuegos artificiales son granadas de guerra. Horrorizan a los perros de la cuadra. Nos aturden, no pensamos en nada. La palabra ‘obsequio’ es un neologismo sin valor aquí. ¿Qué es la Navidad, sino la contemplación de un cielo enrojecido de llamas ilegales y la improvisación de un asado nada deleznable?

No se me borra aún de la memoria la expresión del rostro de Luna Roja cuando le conté por vez primera cómo la celebrábamos: sin árbol, sin regalos, sin baile. Sin nada. Su asombro, para mí, no tiene precio.

La Navidad no tiene nada de magia. Y, si existe esa magia, existe fuera de la casa, más allá del triste jardín.

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