viernes, 16 de enero de 2015

Contar mi propia historia



Mi armario es un territorio de grandes misterios. Ignoro qué pensamientos me estimularon para echar un ojo a mis viejos manuscritos; tomo una bolsa de plástico rotulada TALLER LITERARIO e inspecciono su contenido.

De toda mi obra pseudopoética me estremecen, con mayor ternura, mis autodescripciones. Biografías a pequeña escala, retratos de mi vida en diferentes ángulos. He escrito estas piezas con rigurosa sinceridad, desconfiando de mis virtudes y sometiendo mis sentimientos a un escrutinio cuidadoso.

El año pasado, la lectura de uno de estos textos despertó lágrimas en la humilde concurrencia. Yo mismo lo leí estrangulado por un llanto que no había previsto.

¿Por qué será que a los adolescentes no les gusta definirse a sí mismos en el papel? ¿Pueden prescindir de la oportunidad de escribir su propia historia? Es una actividad que en los talleres literarios suscita miedos, deserciones y cobardías. Pero, tarde o temprano, a todos los urge la necesidad de volcar parte de nuestra vida en la intimidad de los párrafos.

Existen miles de derroteros para el desahogo.

Hay diarios; hay espacios virtuales como éste; hay poemas, versos nacidos de desengaños amorosos; hay cartas, nacidas de las manos de ex parejas febriles o amores no correspondidos. Y, sin embargo, un autor aborda el desafío de presentarse a sí mismo en una hoja con sumo temor.

–¡Uf! No quiero hacer esto –reza la actitud.

Estamos tan acostumbrados a que el otro nos defina, que perdemos las ganas de pensar en nuestra propia identidad.

A mí me gusta escribir sobre mí mismo porque me harté de que determinadas personas tomaran en sus manos la responsabilidad de llenar mi nombre con etiquetas. Ellos no pueden escribir sobre mí, porque lo único que tienen para definirme es una lengua que fabrica palabras que perecen en el viento. Pero yo puedo contar mi propia historia de tal manera que ellos no pueden interpretarla, porque desconocen por completo el milagro de la lectura.

Yo puedo gritar en medio de la sala: ¡Miren lo que escribí!

A nadie le importa. Ellos no leen. No escribí mi historia pensando en ellos. Si la leyeran, descubrirían que puedo pensar por mí mismo y me matarían. ¡Sí, me matarían! Me asesinarían diciéndome qué es lo que debo hacer, cómo debo escribir, oprimiéndome a fuerza de censuras y críticas. Y tras comprobar que mi contrato con la honestidad es indisoluble, recurrirán al más bajo de los recursos: el desprecio al arte.

¿A qué ‘ellos’ me refiero? ¿A los lectores? ¿A los críticos? ¿A los enemigos personales de cada uno? ¿A las familias? ¿A los amigos?

Siempre hay un ‘ellos’ para cada escritor. Un ‘ellos’ abstracto y personal. ¿Qué dirán ‘ellos’ de mi obra? ¿Qué pensarán ‘ellos’ cuando narre esta historia?

Lo mejor que puede hacer un poeta es no pensar sino en la autenticidad de sus propias pasiones. Si pensara todo el tiempo en cómo afectará a las terceras personas el material de mi producción, ni siquiera prolongaría los discursos de este tendero de ideas.

La escritura es mi espacio vital: el único lugar donde ‘ellos’ no pueden decirme cómo escribir, cómo pensar, cómo vivir. Es el único lugar donde puedo contar mi propia historia a mí manera.

Regreso mis viejos papeles al interior del armario. Parte de lo que fui y de lo que soy está aquí. En el armario de madera y en el cajón de mi corazón.

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