jueves, 1 de enero de 2015

Día uno



He despertado a la una de la tarde. Este desfasaje en mi ciclo de sueño merece una explicación.

¿Existe acaso placer alguno en revelar los misterios de la cena de fin de año? No pienso en la política del placer a la hora de relatar las fiestas; mi operación habitual es desmantelarlas, desbaratarlas a fuerza de palabras, desmenuzarlas en metáforas y aliteraciones.

Este no es el caso. Mi escepticismo rutinario, la indiferencia que ha imperado en estas postreras semanas, ha sido derrocado por un pequeño haz de esperanza.

Pero no quiero retratar las líneas que se dibujan dentro de los latidos de mi corazón. Prefiero evadir mis efímeros sentimientos y dedicar mis vespertinas fuerzas a evocar el panorama que dominaba nuestros ojos en la noche.

La calle era una selva de humo. E infinitos resplandores invisibles azuzaban el cielo. Los automóviles y los motociclistas medraban en las sombras. La Luna se dejaba ver de tanto en tanto, desnuda y partida; brindamos, abrazamos, besamos mejillas. No he llorado, porque mis pupilas estaban secas, porque mi máscara es el arte de la inexpresividad y no se me ocurrió motivo alguno para llorar.

Pero hubo lágrimas más que suficientes para llenar una copa de dolor. ¿Qué tormentos ocultos ha serruchado las venas de los mortales en estos últimos meses?

No quiero pensar en esto. ¿Qué expectativas tengo para este año? Ninguna. Dios ha dispuesto el tablero de juego ante mí, y ahora me toca, en la partida de la vida, fabricar mi propia suerte. Tomar decisiones, sin esperar que los milagros desciendan de las nubes. Tensar mis músculos, ser fuerte. No lamentarme de mí mismo. No hacer planes. Uno traza un mapa en su mente y el azar le borra todas las esquinas. Disfrutar de lo que tengo, aferrarme a lo que soy.

Ser, existir y vivir.

Esta es mi única obligación con la Existencia.

Escribir y leer.

Mi contrato con la Literatura.

Amar, creer y sentir.

Un pacto con mi corazón.

Y dejar de pensar. Dejar de pensar en las sombras, en las torturas, en la sangre. Dejar de pensar en los actos que no hice, en los delitos que no cometí, en las culpas que no son mías. Desactivar mis remordimientos. Detonar la bomba de los tiempos.

Y disfrutar.

Y un último verbo al que temo y al que indefectiblemente avanzo: luchar. Luchar contra los rigores de las religiones y los gobiernos; luchar contra la rutina maldita; luchar contra mis propias pesadillas; luchar contra el hielo de la indiferencia y la desazón; luchar contra la madre de todos los miedos y contra los prejuicios y las irracionalidades del otro.

Lo quiera o no, en algún momento de mi vida he de luchar por lo que amo. Y quiero estar preparado para este instante. Aquí son tiempos de paz, pero, ¿hasta cuándo?

Bienvenidos a la celda de mi alma. Éste es mi espacio personal; éste es mi cuchillo de tinta. Están invitados a entrar. Un nuevo año nos espera…

1 comentario:

  1. Julian, me importa poco que mi comentario desentone con tu texto; feliiiiiiz año Juliaaaaan! Estoy de acuerdo con todo menos con algo; no dejes de pensar. Si no piensas no podrias hacer todas tus reflexiones y opiniones, no escribirias cosas tan profundas. Puede ser doloroso pero pensar hay que pensar. Y no hay tanta diferencia, el cambio de año es sólo una fecha inventada para replantearnos, resetearnos en la linea infinita del tiempo.
    Saludos y feliz año - Vanesa (De la tinta dorada por si no me reconoces (?)

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