viernes, 16 de enero de 2015

El arte como tema de conversación



Una tía de la familia recurrió a mis conocimientos literarios al enterarse de mi activa participación en el taller de escritura que frecuento, y expresó su sincera preocupación por la fruición con la que su hija devoraba determinado género de literatura juvenil.

–Magia blanca, magia negra, magia… –recitó la mujer, con una voz llena de sobriedad y sosiego.

–Comprendo –dije, acariciándome la barbilla–. La literatura es muy amplia. Estaría bueno que conozca otros géneros…

–¡Sí, otras cosas! –asintió ella.

–No creo que la literatura juvenil sea mala –rectifiqué; y, a modo de concesión discursiva, agregué:– Pero estaría bueno que ella leyera otras cosas. Que probara cosas nuevas.

Mi hermana, entusiasmada con tal singular conversación, trajo una pila de libros para mostrárselos. Pablo de Santis, Neil Gaiman, Julio Cortázar.

Mi tía leyó ‘Instrucciones para llorar’ y quedó encantada ante tal breve, desopilante y original ocurrencia argentina.

Mi madre nos acribilló las bocas con una larga mateada. La literatura golpeó a las puertas de mi casa, y la recibimos con absoluto placer.

El arte no es un tema de conversación exclusivo de las altas esferas o de los licenciados. Se puede hablar de arte a la hora de la merienda, con cualquier persona, si enganchamos las palabras apropiadas. Un artista puede inspirar a otros seres humanos a tocar ríos de tinta y océanos de témpera.

Mi tía salió de casa muy satisfecha.

–Le voy a decir a mi hija, a ver si se quiere inscribir –profetizó.

Y lo único que puedo decir ante semejante posibilidad es: ¡Ojalá!

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