martes, 6 de enero de 2015

El significado de un abrazo



Durante muchos días no acudió a mi mente ninguna buena ocurrencia; hoy, la excesiva amabilidad de una señorita me inspiró…

Y quisiera hablar de ella ahora.

La inspiración surge de las pequeñas sorpresas de la vida; esos incómodos y a veces escalofriantes giros de la rutina que te empujan obligadamente al pensamiento. Digo ‘inspiración’ para escribir y para vivir. Inspiración en el sentido más amplio que usted pueda concebir.

Recibo un abrazo, y pienso en qué he hecho para merecerlo. Esto fue lo que sucedió el martes de la semana pasada. Un pudor innatural y una timidez irracional me impidieron abordar esta anécdota. Considero impertinente e innecesario describir las circunstancias de este episodio con esmerada precisión. Temo evocar aquella escena con palabras superfluas y encariñarme con ella al extremo de perderme en desproporcionadas ensoñaciones. Porque la memoria, aunque dulce, es traicionera. Y aún el recuerdo más hermoso tiene un gramo de mentira.

Ha transcurrido una semana, y todavía no se me borra del cuerpo la impresión de haber sido sorprendido por una lluvia de colores.

Una chica de Ituzaingó llegó al Centro Cultural. Desnuda de certezas, grácil en las conversaciones, intrigada por el oficio de poeta que a todos los miembros del taller literario congrega en una sola hermandad. Ella estaba allí; y yo, en mi implícita y momentánea condición de humilde guía, hice las debidas presentaciones y bienvenidas.

La clase que no era clase comenzó. El círculo de tinta en el que se vio aceptada le encantó. Ella confesaba su propensión por la filosofía y su inexperiencia en los territorios literarios. No fue la primera en esgrimir dichos pretextos: muchos han llegado al aula sin agarrar un lápiz para forjar un verso. Dice el proverbio que de poetas y de locos todos tenemos un poco. Y a mí me gusta buscar poetas en las personas; y si los encuentro, los obligo a salir al mundo exterior para que se den a conocer. En algún modo, ella es poética a su manera.

La sesión de relatos terminó. Salimos a la calle, con la cómplice compañía de los jóvenes escritores de Merlo. Pensé que mi jornada ya triunfal se cerraba con el retorno al hogar.

De pronto, en una esquina, antes de la disgregación definitiva, ella, entre palabras y sonrisas, me abraza.

Era magia.

Me vi a mí mismo entre sus brazos y me encontré. Vi cómo la dureza de mis expresiones se derritió ante tal gesto de… ¿De qué? ¿De ternura? ¿De respeto? ¿De admiración?

No quise pensar. No quería conocer el origen de tales misteriosas. Me sentí feliz. No exagero. Y si exagero, es una exageración que vale la pena intentar explicar. Y mi alma se desprendió de la sangre, salí de mí mismo, me cuestioné las horas y los días, renuncié a todo vestigio de pesimismo que tensaba mis neuronas…

¡Todo junto, en un instante!

Dos seres prácticamente desconocidos que apenas habían canjeado un par de saludos y frases, y estábamos abrazados. Vi mi propio cuerpito vulnerado por la calidez de los brazos de porcelana iluminados por la ciudad. Y nos separamos, y nos despedimos, y una parte de mi regresó a casa: la otra parte se empecinó en quedar estancada en esa esquina donde un rayo de colores me fulminó.

Muero de vergüenza mientras escribo estos párrafos. ¿Qué benéfico influjo puede producir el poder de un abrazo?

Hoy quise expresar todo lo que aquel simple acto significó para mí y lo único que salió de mi boca fue: ‘Sí, fue lindo…’

¡Ay, si mi lengua fuera tan hábil como mis escritoras manos!

Mis mejillas enrojecen a medida que mis palabras se multiplican. Sentí acaso que no describir estas milagrosas sensaciones sería una injusticia. Escribo con la esperanza de que la autora del prodigio lea este relato e hinche sus pulmones de orgullo. Escribo sin el menor atisbo de cobardía, porque son las manos de la vida la que sostienen mi corazón empañado de lágrimas oxidadas. Escribo para compensar esa tétrica réplica, ese patético ‘Sí, fue lindo’, que empleé para definir un acontecimiento eventual y maravilloso.

Ojalá el destino pueda hacer llegar estas líneas a sus ojos. Y, así, el sentido de esta opinión marginal quedará completo.

¿Cuántos significados puede tener un abrazo? ¿Cuántas consecuencias y salvaciones puede traer la más sencilla de las acciones? Lo ignoro. No puedo describirlo con palabras, pero pude sentirlo…

Ojalá este sentimiento perdure en todo el año. Una impresión que sólo puedo resumir en dos oraciones: ‘Sí, este regalo tan inesperado me hizo feliz. Y ser feliz, amigos míos, se siente bien.’

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