sábado, 10 de enero de 2015

Manzanas mordidas



¿Por qué la gente está tan empecinada en la crítica hacia determinados productos culturales, siendo nosotros, la sociedad toda, los consumidores primeros de tales espectáculos? El año pasado he profesado continuamente mis prejuicios respecto a libros como ‘Crepúsculo’ o ‘Cincuenta sombras de Grey’. Fueron los comentarios de Luna Roja los que me obligaron a adquirir una postura menos intransigente. ¿Quiénes somos nosotros para impedir a las masas devorar lo que se les antoje?

Confieso con total impunidad y sin vergüenza que mi autor favorito es Stephen King. Y él mismo se reconoce como escritor de segunda categoría, como una sombra excluida del canon literario occidental. Reconozco que no he ahondado en la literatura rusa y francesa, que no admiro con devoción a sus exponentes, a quienes exhiben con orgullo las banderas de los simbolistas, los modernistas, los vanguardistas…

Yo evito el elitismo y la vulgaridad. Evito pararme en alguna de las dos orillas. Leo por placer; escribo por la misma razón. No leo para mantener un status de intelectual, ni leo por moda o mero aburrimiento. Leo porque me gusta. Leer y escribir son actitudes que configuran la esencia de mi ser. Y punto.

Otro ejemplo: Borges detestaba el fútbol. Yo lo detesto en mi íntima praxis cotidiana, porque el deporte es una tortura inteligente para mí. Pero debo reconocer que en las grandes sociedades, las disciplinas físicas promueven los valores humanos. Empero, no voy a la cancha a gritar y a saltar en medio de una multitud de hombres barrigudos y sudorosos. El que yo no juegue fútbol no significa que los demás sean unos idiotas.

Reconozco que los medios de comunicación arrastran grandes posibilidades en materia de difusión de información, conocimiento y entretenimiento. Ver a Tinelli –aparente antonomasia y referente de todo lo antiestético, vulgar y circense de la historia de la televisión argentina– no me transforma en un descerebrado. ‘Los programas del señor T. denigran a la mujer’ esgrimen los de lengua fácil… Cuando en realidad el género humano denigró a la mujer desde que la pobre Eva fue acusada de meter la pata en el Jardín del Edén. Los medios no provocan ni promueven nada; ellos obtienen la materia del producto desde la predisposición de los consumidores a aceptar escenas de violencia, sexo y lenguaje explícito.

El circo no existe sin los niños que quieren ver osos o tigres. Los juegos del hambre persisten, no por la maldad del tiránico gobierno, sino por la postura de los televidentes a aceptar el show de muerte que se les ofrece.

Puedo citar aquí mil distopías. Y nos damos cuenta de que nuestra civilización es más distópica que progresista, y que las democracias están pintadas con engaños y vacíos legales. A mí no me importa. No me arrancan el libre albedrío. Yo quiero leer esto. Yo elijo ver esto. Punto. Si tal programa de televisión promueve tales valores negativos, no me importa. No critiquemos.

No quiero escuchar críticas; quiero escuchar historias. Hace tiempo que las personas comunes han perdido el arte de escuchar historias y sólo se han dedicado a criticar la actitud de los seres humanos.

En cierto modo, estos párrafos son una crítica a la crítica. Pero, ¿a quién estoy juzgando realmente? Me estoy juzgando a mí mismo. Me juzgo y digo: ‘Criticar a mi prójimo es inútil’. Se acabó. Abandono las armas para morder las manzanas del placer. Esto es lo que yo quiero. Lo que los otros quieren ya no me interesa.

El mundo es un bosque de manzanos. Yo elijo qué frutas comer. Si me nutren o me caen mal, es harina de otro costal. Pero si tienes una fruta que crees que me pueda gustar, no dudes en compartirla y en preguntarme si me gustó. Después de todo, las amistades son manzanas mordidas que se comparten.

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