domingo, 25 de enero de 2015

Red de lecturas



La vendedora de libros era bonita. Recurro a este adjetivo calificativo por una cuestión puramente estética y literaria. Otros varones de mi raza utilizarían epítetos menos floridos y sutiles.

Vi con inmediata curiosidad el jardín de libros desparramados sobre la vereda. Tenía un par de billetes encima –costumbre rarísima en mis bolsillos; nunca salgo con una moneda de más si no es para una salida eventual– y las ganas de completar mi paupérrima biblioteca comenzaron a picar.

Sufrí en vano para obtener dos historias que ya conocía, pero que, a fin de considerarlas en mi catálogo personal como lecturas indispensables, las compré con muchas dubitaciones. El Principito y Aguafuertes porteñas. Libros que dan ganas de releerlos y de prestarlos. Libros que merecen ser presentados en las librerías con un cartelito tipo: I can’t believe that I didn’t read this book.

Conozco una buena cantidad de personas que siguen viviendo sin El Principito. En serio. Ellos sí que viven en un asteroide.

Por más que uno conozca la historia de memoria, una edición de bolsillo no cae mal a nadie a la hora de las recomendaciones. Hace unos días, una chica me dijo: ‘Estoy leyendo «Ensayo sobre la ceguera», es hermoso’. La novedad me llenó de entusiasmo, me motivó: no me cansé de recomendar esta novela en estas últimas semanas, y a ella, ya con la curiosidad afilada, le fascinó la lectura.

La literatura une, conecta, acerca. Sean clásicos o no los libros que leemos. Me llevé con orgullo estas dos historias en el bolso. Mi hermana siempre quiso leer El Principito. Además, ya tengo en mente varios nombres de ciertas personas que aún no han leído…

Y así es cómo se construye una nueva red de lecturas.

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