sábado, 14 de febrero de 2015

La redención de Stephenie Meyer





Parece casual que, en vísperas de San Valentín, haya rebajado mis intereses literarios a la controvertida prosa de Stephenie Meyer. Tampoco parece casual que la adaptación fílmica de Cincuenta sombras de Grey golpee fuerte las pantallas grandes, cual negro mar que engendra fantasmal espuma en rocosas costas. El escrutinio de los polémicos párrafos de E. L. James es uno de los asuntos que he de destinar en mi repertorio de lecturas jamás consumadas. Hoy ocupa este artículo una opinión personal de una de las novelas que forman parte de una pretenciosa saga.

Una obligación me ata a la lectura de la historia de amor entre Bella Swan y Edward Cullen: el deber del crítico que quiere derrumbar todo lo contemporáneo, lo comercial, lo imperdonable…

Los saqueadores de aldeas tienen la decencia de arrancar de las ruinas lo mejor de la civilización. Los lectores, análogamente, hemos de proceder con la misma cautela, pues, es demasiado fácil quemar un libro con el prejuicio antes que leerlo.

Para sorpresa de mis íntimos círculos, en los cuales me he presentado desde instancias primeras como enemigo a ultranza de la producción literaria de Meyer, de la autora de Crepúsculo se han de rescatar aspectos positivos, aunque no tan novedosos.

Los dos primeros libros me infundieron, según recuerdo, una sensación de rechazo. Empero, el tercero, Eclipse, casi nos invita a una absolución poética.

La evolución de la escritora coincide con la madurez que adquiere el personaje principal: ante la posibilidad de una inminente transformación, Bella, tomando por primera vez conciencia de la magnitud de las consecuencias de sus elecciones, contempla la compleja red de sus relaciones interpersonales más allá del vínculo indisoluble de amor que mantiene con Edward. Una manera muy elegante de decir que ella tiene miedo de meter la pata y que sus amigos sean boleta.

En Eclipse, Meyer eclipsa el vano resplandor incandescente y artificial que irradian los tomos anteriores, casi aprendiendo la lección. De la acartonada telenovela de papel se las arregla para brincar al otro balcón, ascendiendo de escritora mediocre a novelista aceptable. Lo cual es mucho decir. El mercado editorial en Norteamérica es una constante arena de batalla donde tenés que agarrarte a las trompadas con la crítica y abrirte paso entre miles de autores publicados, agentes literarios a la caza de nuevos talentos y editores escrupulosos.

Aún faltan cien páginas para cerrar mi juicio completo acerca de este libro, pero esta fecha ameritaba acaso la mención de esta pieza literaria. No obstante mi piadosa amnistía, reservo el tiro de gracia para el cuarto libro, Amanecer, donde comprobaré si realmente Meyer merece, ya que no mi admiración, cierto grado de respeto.

Stephenie Meyer ha arrojado un terrible mal al mundo: un vampiro adolescente. La semilla del mal ha caído en el corazón equivocado de una mujer y nació Cincuenta sombras de Grey, el polémico residuo de las fanfic de E. L. James.

Los sacerdotes a cargo de los medios de comunicación e información elevan nuevos dioses ante las multitudes, y los rabinos de las sinagogas editoriales proceden de la misma manera al ponderar best-sellers en las avenidas principales de las ciudades. Luna Roja –a quien no he mencionado en mucho tiempo– me reprocha la libertad del lector para leer lo que se le dé la gana. Y mi sombra me reprocha el derecho que yo tengo de opinar lo que se me dé la gana, por más desacertados e incluso equivocados que puedan estar mis razonamientos. Fenómenos literarios como estos no me desagradan, y de hecho, me gusta pensar que si las editoriales son lo suficientemente generosas con historias tan sencillas, entonces habrá puertas abiertas para los pseudo-poetas desgraciados como yo: lo que me asquea es la reacción de la masa lectora que cree que lo último que tiene en la mano o lo que lee en el colectivo es una revolución.

Me pregunto si a los cantantes les gusta escuchar a una bola de chicas histéricas gritando su nombre las veinticuatro horas del día. Me pregunto si a los escritores les gusta ser arrinconados por olas de fanáticos que les quieren arrancar autógrafos y firmas. El artista tiene que estar loco antes de subirse al escenario o lo vuelve loco la fama.

La fama puede matar, no sólo al artista, sino también a la obra de arte. Si Crepúsculo no hubiese sido un best-seller, si hubiera pasado un poquito desapercibido o me lo hubiese recomendado un amigo imparcial, no lo asociaría con Robert Pattinson o niñas con fanatismo tipo Annie Wilkes. Y, de esta manera, tendría un poquito más de empatía con la familia Cullen, los Ingalls del universo vampírico.

Porque, increíblemente, autores como Meyer tienen material para ofrecer. El hecho de tocar el arquetipo del vampiro y darle una desafortunada vuelta de tuerca para resucitar la casi olvidada mentira del amor eterno –expresión acuñada por el excelentísimo Arlt– no la favoreció. Así como tampoco favoreció a Anthony Burgess escribir sobre un chico que escucha música clásica y descarga puñetazos sobre todo lo que camina sobre la faz de la Tierra.

La literatura es un laberinto obtuso donde nunca sabemos con qué o con quién nos vamos a encontrar. Y, azarosamente, Stephenie Meyer ya tiene su rinconcito reservado en el salón de la fama. No digo que sea la hija de Faulkner, pero… El pueblo ha elegido consagrarla. Vox populi, vox Dei.

Por lo demás, a mí me toca decidir si me gusta o no me gusta tal autor. Aún me queda una deuda pendiente. De hecho, muchas deudas pendientes, muchos nombres por experimentar, muchos misterios qué inspeccionar. Por ejemplo, los libros de Paulo Coelho. Tendría que leerme por lo menos uno de él.

La literatura es un camino sin retorno. Un camino tan vertiginoso y estrambótico que, cuando uno tiene desesperadas ganas de leer, lee lo que sea, hasta el manual de instrucciones de una lavadora.

Los libros y los seres humanos no pueden simplemente etiquetarse como ‘buenos’ o ‘malos’. Pero hay ocasiones en las que en verdad lo dudo, tanto con los primeros como con los segundos.

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