lunes, 9 de febrero de 2015

Traficantes de pólvora



‘¿Alguien conoce el recorrido?’, pregunta el chofer, infundiendo la inmediata intriga de los pasajeros. El Ferrocarril Sarmiento, bajo la esperanza de ser sometido a importantes renovaciones a largo plazo, deja de brindar sus servicios los domingos. Las autoridades decidieron proporcionar a los usuarios un transporte alternativo para suplir la ausencia de trenes.

Cuando el conductor de un colectivo pregunta en voz alta qué camino debe seguir, una piedra de consternación cae en el bolsillo de la impaciencia. No recitaré las razones lógicas: el sentido común dicta que, al pobre sujeto que encadenan al volante, por lo menos le tienen que susurrar, por lo menos, una serie de instrucciones generales.

No desconfío de los choferes; desconfío de los pasajeros. Cada cuerpo que ocupa un espacio dentro del vehículo es un barril de pólvora a punto de estallar. Es insano colocarlos uno al lado del otro hasta usurpar el último centímetro cúbico de aire y atar los pies de un hombre a los pedales en una carrera suicida. Y, tal como está el sistema de transporte público de esta ciudad violenta, me asombra incluso no ver sindicalistas crucificados en las calles de Capital Federal.

Mi humilde deseo de que mi pueblo no pierda la cabeza por la tardanza de un colectivo es demasiado ambicioso. Rebajo mis expectativas al sencillo anhelo de, cuando el barril de pólvora estalle, estar a salvo en casa.

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