miércoles, 18 de marzo de 2015

Emma Zunz, todas las mujeres del mundo



‘Emma Zunz’ es el único relato de Jorge Luis Borges que le gusta a mi hermana. Ella, por su parte, no necesitó más que un libro de bolsillo para entender que la producción borgeana es inaccesible a los ojos de los lectores desventurados. No basta ser argentino para leer a Borges. Es necesaria una capacidad de abstracción, una tendencia hacia lo universal, una tolerancia por el lenguaje sofisticado, una habilidad para contemplar malabarismos de alusiones culturales e intertextualidades; y, por sobre todas las cosas, una curiosidad insondable por este autor de canon. Solo el último requisito es indispensable; lo demás lo otorga la lectura, el tiempo o el temperamento.

Los gustos literarios de mi hermana difieren de los míos. Empero, en ‘Emma Zunz’ hallamos un punto de contacto. ‘Emma Zunz’ es diferente al resto de los cuentos borgeanos: su protagonista es mujer, su venganza tiene aroma de mujer, su rencor no es el rencor metafísico del teólogo o del bibliotecario.

La preeminencia de mujeres en la producción de Borges es rarísima. No aburriré a mis lectores con ejercicios de crítica literaria. El hecho de que a mi hermana le guste de Borges un solo relato, precisamente en la tragedia de una mujer, me parece asombroso.

Una vez, hurgando en la habitación en búsqueda de un objeto eléctrico, encontré el libro de bolsillo de mi hermana. No ha sido la primera vez que pequé de impertinente: el vicio de abrir libros que no me pertenecen es una de las incurables características del alma mía. Abrí el tomo. En el índice, de los cuatro míseros relatos recabados en la efímera antología, solo el título de ‘Emma Zunz’ había sido subrayado con tinta negra.

Un extraño orgullo y una inmediata curiosidad me oprimen el pecho. Acaso porque una parte de mi mente establece una secreta conexión con la mujer lectora y la mujer leída. Porque intuyo, desde los abismos de mi insensible corazón, un sufrimiento oculto. Mis progenitores me suelen reprochar un defecto: ser demasiado ajeno al mundo. Sé que suceden cosas a mi alrededor, pero no puedo precisarlas concretamente. Siento tanto que no siento nada. Amo a mi hermana, pero estoy lejos de ella. Me sé hueco, como una armadura en tiempos de paz.

Adoro mis instantes de soledad: es en esos instantes donde puedo apreciar a mis seres queridos. Contradictorio. Necesito soledad para amar la compañía de otros. Ojeó los párrafos de ‘Emma Zunz’. El padre de mi hermana no ha muerto, no ha sufrido el exilio, no llenó de pesadillas la mente de su hija, no la condenó a una poética venganza. Y, sin embargo, ¿por qué Emma Zunz es tan parecida a mi hermana y a todas las hermanas habidas y por haber en este mundo que es tan cruel con las mujeres?

‘Emma Zunz’ es un aleph en sí mismo. Mi hermana es Emma, Emma es mi hermana, y ellas dos son todas las mujeres del mundo. Me siento estúpido. Si le explicara a mi hermana este fenómeno, no lo entendería. Mejor así. Que me crea un estúpido. Hay pensamientos que mi familia debe desconocer para seguir considerándome cuerdo.

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