domingo, 8 de marzo de 2015

La violencia del hombre invisible



Soy un hombre de emociones violentas, no de actitudes violentas. En mis territorios íntimos me desenvuelvo con absoluta impunidad, dando cuerda a mis inútiles accesos de cólera a raíz de mis caprichos más bajos e incomprensibles. Empero, en casi todos los contextos imaginables, yo soy el miembro débil de mis círculos sociales, y si acaso no enarbolo indiferencia me torno inmediatamente en objeto de risa o desdén. No vislumbre el lector en estos párrafos una irreparable decadencia de ánimos: escribo una sencilla y honesta observación de mi taciturno carácter, que en muchos casos coincide con el contenido de mis experiencias.

Someto mi espíritu a un análisis imposible: la naturaleza de mi propia cobardía. La frontera invisible que me inhibe a rastrear carroña entre los dientes de mi adversario. Fuera de las paredes de mi casa no exhibo un atisbo de ira, y si lo hago, es un vano intento de presentarme fervoroso, ofendido o humano. Contraje la viciosa necesidad de mostrarme débil ante los seres sensibles. Como dijera San Pablo, me glorío en mis debilidades.

Debo transformarme en víctima de amenazas imaginarias. Me dejo derrotar ante las bromas más inofensivas; adrede en cierto modo, permito que mi propia lengua me deje mal parado. Y así, casi sin querer, a fuerza de chistes recargados de mal gusto, alejo mis posibilidades de estar en armonía con mi ambiente.

¿Por qué lo hago? Porque, como arcano de tarot, cumplo una subfunción en los microcosmos de mis rutinas. Debo ser el bromista en la obra de teatro. La prefiguración de Clarín ejecutado, la broma asesina, la risa cortada. Como el hipócrita descrito por Arlt, necesito tragarme la bronca artesanalmente fabricada en las industrias de mi carnoso corazón para trocar mis labios en un rictus bestial.

Necesito angustiarme en mi propia paz para recuperar este sentimiento de guerra. Una batalla que se libra no contra mi prójimo, a quien no puedo ni siquiera mirar sin sentirme culpable. Usted, si lo deseara, podría torturarme hasta la muerte. Podría meter una pistola en mi boca y disparar mientras mi tembloroso cuerpo suplica misericordia. Podría secuestrarme, electrocutarme y cortarme en pedacitos mientras mi garganta cruje de dolor. Si no soy noble en la mejor de mis victorias, ¿qué le hace pensar que lo seré en la derrota? Seamos honestos: quien me presione lo suficiente, quien sea capaz de arrastrar mi mente hasta los límites de la desesperación, me verá corrompido y nauseabundo. No creo en mis propias virtudes en tanto éstas provienen, no de la improbable bondad de mi alma, sino de fuentes externas a mi humanidad: si soy bueno, lo soy por causa de los seres amados que me rodean y proyectan lo mejor de ellos sobre mí mismo.

El hombre externo, la persona que ves delante de ti, no importa: él no es peligroso. Es la voz interior la que adquiere fuerza, sustancia y consistencia. Es el ‘yo’ escritor quien debe ser violento, no el ‘yo’ empírico. Dos caras, una moneda. La cara visible es la del ser humano que se atribuye estas palabras en la vida real; el hombre invisible, el intangible y metafísico ser que urde este razonamiento, es el que realmente es poderoso. Él es más poderoso que yo; pero yo también soy él.

Mi poder, mi violencia, se desarrolla en el imperio de las palabras. Esto no debe significar para mí una razón para justificar inferioridades. Convienen al mundo que mi personalidad esté condicionada de tal manera que sólo pueda ser violento contra mí mismo en el arte de la escritura. Aplicar dentro de mi propio corazón una violencia en dosis cuidadosas, de modo que no pueda derrumbar mi orgullo y que pueda despertar en mi conciencia hondas y serias preocupaciones. Verme a mí mismo y desafiarme a ser un poco mejor que esta cosa que está sentada delante de un teclado pulsando letras.

Aprender a sacar fuerzas de mí mismo. A golpearme hasta sacarme la última gota de talento para derramarla en el papel. Ésta es la violencia que quiero preconizar. Patear mi propia espalda hasta el abismo. Y volar. Aunque este hombre invisible tenga que agitar sus cortas alas en el vacío.

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