viernes, 24 de abril de 2015

Advertencia a los lectores cristianos



Un estimadísimo colega de la iglesia evangélica a la que concurro manifestó su deseo de leer este blog. Amado compañero de armas en la fe, mi deber de escritor es urdir una advertencia a los lectores cristianos. La primera función de este texto: ser un religioso prólogo que me absuelva de toda acusación barrial de herejía.



Este espacio, bajo ninguna manera, sucumbirá al género de las frases motivacionales o los pudorosos devocionales. Lo cual, de ninguna manera, me hace menos creyente de lo que soy. Mas preveo, en mi futura trayectoria literaria, interminables polémicas entre el proyecto estético que insinúa mi estilo y la comunidad a la que pertenezco.



Temo no predicar el Evangelio a través de mis palabras. Me basta el lenguaje de mis acciones. Heredo de las enseñanzas paternas la convicción de que la relación entre Dios y el hombre es personal. ¿Quién soy yo para determinar lo correcto y lo incorrecto? ¿Quién soy yo para coartar el libre albedrío de quienes no quieren creer en los milagros o en los infiernos?



La literatura es un acto de liberación, no un medio para imponer doctrinas. El fundamento magno en el que baso mis amistades es en el respeto. Afortunadamente, he tenido oportunidad de compartir con mis pocos lectores pentecostales el contenido de mi producción poética; y ellos, de espíritu maduro, sensible y comprensivo, ignoran el lado feroz de mis textos críticos.



Esta advertencia, precisamente, no está dirigida hacia ellos, nobles lectores; sino a quienes, confundiendo el sujeto empírico con la sombra del narrador, contemplen con ojo avizor determinadas estrategias retóricas, temáticas seglares o expresiones impropias de las esferas del decoro protestante.



¡Ay, mi buen amigo cristiano! Mis palabras en nada edifican, porque mucho entretienen y poco instruyen. Cual Góngora moderno, busco oscuridades en mi prosa para producir en la audiencia el goce intelectual de los tahúres literarios que juegan a hallar significados en mis metáforas.



¿Quiere leer? Lea la Biblia, lea El Principito o Mi planta naranja-lima. Lo que busca no está en las estanterías de esta biblioteca virtual. Le insto cortésmente a que se retire: estos párrafos incandescentes sólo alimentarán su desconcierto y curiosidad.



La fe no se escribe, se vive. ¿Busca a Dios? Mire dentro de la sonrisa de un niño y lo hallará. Salga al mundo y firme milagros. Sepa, de antemano, que la finalidad de mis opiniones marginales es estrictamente estética. Y la belleza de las letras muy raras veces ayuda a los hombres a creer en los demiurgos, si acaso el oficio del poeta implica esbozar en el color de las lenguas las pequeñas y grandes miserias humanas.



No obstante, agradezco su sincero interés de leerme, magnánimo caballero. Creo, al igual que usted, en el Todopoderoso. Espero no forzar la paciencia del auditorio que presencia esta discreta polémica, como quien espía la correspondencia entre dos teólogos. Si algún cristiano me acusa de blasfemia diciendo que leyó la frase ‘p*** de ojos de vidrio’ en uno de mis artículos, me veré obligado a decir la verdad: que no me arrepiento de haberlo escrito.

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