martes, 21 de abril de 2015

Anécdota fraternal



La rutina, esa línea zigzagueante de acciones repetitivas que de vez en cuando se corta por hálitos de estupor desagradable, tiene sus desgracias. La mía es la falta de plata.

Antes de llegar a la Facultad, acordándome del nombre de cierto tomo obligatorio para la materia de literatura argentina, traspasé el umbral de una librería y consulté el precio.

Prefiero no decir cuánto gasté.

De no haberse tratado de Adán Buenosayres, me hubiera encogido de hombros para luego retirarme sin saludar. Pero no. Me compré el libro. Tragándome la vida en la garganta y apretando la angustia contra mis pulmones para no llorar en la esquina. Al cruzar la calle encuentro la salvación: mi hermana.

Tras la adquisición de la agoniosa novela, sólo me quedaban tres billetes de dos pesos, insuficientes para un almuerzo decente. Mi compañera de sangre se compadeció de mí y me tendió un billete rojo. Se lo agradecí.

Dios sabe que tarde o temprano los hombres torpes estarán en apuros, y es por ello que nos concede, bajo los arbitrios del azar y del destino, estos ángeles de carne llamados hermanos.

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