jueves, 16 de abril de 2015

Bicentenario de gratitud




Doscientos pedazos de vida organizados en palabras. Anécdotas, reflexiones, pensamientos, historias. El escritor estructura la vida privada del sujeto empírico para el dominio público. El escritor como escribano del tiempo. Como fabricante de autobiografías.

La labor del poeta, aunque depende de la voluntad y la inspiración, no es una labor solitaria. Indirectamente, detrás de la elaboración de una obra literaria se ocultan muchas influencias humanas. Detrás de cada gran personaje hay grandes personas.

En primer lugar, quiero agradecer a mis lectores constantes que eligen soportar mi densa prosa a cambio de nada. Mi escritura no tendría sentido sin sus lecturas o relecturas.

La crianza de mis padres y el apoyo de mi familia propiciaron y posibilitaron mi irreversible amor por la literatura. Me jacto de ser el primer pero no el único –mi hermana ha mostrado su ingenio en el arte del microrrelato en más de una ocasión– escritor de mi linaje.

La Tinta Dorada, el taller literario al que he asistido durante varios años, contempló mis iniciaciones en el arte de la escritura creativa. Mi amor y respeto hacia ellos es incalculable.


Una mención especial –más bien, totalmente esencial– merece Luna Roja y todo su entorno, quienes me han proporcionado siempre amables tratos, y han restablecido en cierto modo mi buena fe en los seres humanos.

Hay otro lector constante cuyo destino mucho me importa: Pluma de Cuervo no es su nombre, pero es un sobrenombre digno de su personalidad. Ha sido fiel parroquiano de la Tinta Dorada, y hoy en día sigue concurriendo a sus clases. Rubricó una antología clandestina, cuyo título, si no me equivoco, es Las ilusiones de Catramárapa, la cual he tenido el placer de leer. Presiento que a su libro le depara una reseña en este espacio virtual, si las circunstancias me lo permiten.

A Libertad Argentina, seudónimo que recibe cierta señorita de cabellos cortos con la que he disfrutado insondables diálogos acerca de metafísica, de arte, del sufrimiento humano y del espíritu de las sociedades. Sus opiniones siguen siendo para mí curiosas y trascendentales.

Menos abstractos son mis agradecimientos a Verónica, Ángel y Samuel, y se extienden a otros personajes de cierto templito evangélico que, aunque no leen estos artículos con asiduidad, me tratan con eterno respeto. Ellos dispusieron unos minutos de su tiempo para leer algunas opiniones marginales anteriores. Su franco entusiasmo me alentó en meses desalentadores. Ellos lidian periódicamente con situaciones críticas que prefiero no referir, y lo hacen con suma humildad, esmero y sacrificio. Si Clío, musa de la Historia, lo permite, que ellos ocupen un lugar en mi memoria.

No olvido a Condena Cumplida, el nombre colectivo de mis doce compañeros de secundaria: Noemí, Giselle, Tamara, Yamila, Aixa, Elizabeth, Nilse, Leonela, Iván, Facundo, Ezequiel, Fernando. A los entrañables profesores que inspiraron mi inicial interés por la enseñanza, germen de lo que soy ahora y de lo que seré.




Hay muchos autores detrás de este autor. Arlt, Borges, Cortázar, Quiroga, Bradbury, Poe, King. Opiniones marginales fue fruto directo de las lecturas de Aguafuertes porteñas; más tarde, los relatos de Dolina, las crónicas de Darío y Martí, la poesía prosificada de Baudelaire, alimentaron el estilo de mis artículos variopintos.

La originalidad es una ilusión que se persigue y que nunca se alcanza. No hay texto que no haya escrito que no padezca el influjo no sólo de otros autores sino también de otras personas reales. Mis seres queridos no aparecen en el texto, pero entran por la ventana. Una ventana secreta que soy incapaz de cerrar.

En este bicentenario de gratitudes y bendiciones, comparto mis alegrías e infelicidades con ustedes, mis lectores constantes, la razón por la que creo que mi obra es leída.



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